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Thursday, March 24, 2016

AUTOCRITICA NORTEAMERICANA DE LOS SETENTA Y, POR CASA CÓMO ANDAMOS?



Me juré no escribir sobre el pasado argentino, primero porque es pasado y segundo, porque es doloroso, pero sin sentido, ya que aquí no hubo Guerras Mundiales ni de otro tipo, que justificaran tal grado de agravio, odio o sufrimiento crónicos. Pero como en el día de ayer, leí y escuché infinidad de reclamos y críticas al contenido de la autocrítica (apropiada y medida) que hizo Obama respecto a la intervención norteamericana en América Latina, en los años setenta, en plena Guerra Fría, tal hipocresía argentina me provocó de tal modo que he aquí mi reflexión. 

Precisamente, el 24 de marzo de 1976 y todo el pasado de golpes de Estado y quiebres institucionales que tuvo Argentina desde 1930, se puede explicar por ese mismo grado de hipocresía y del que todavía se hace gala, buscando chivos expiatorios, terceros culpables como las potencias o relatos tremendamente sesgados, donde hay "buenos"y"malos". En efecto, hasta el momento, si bien Argentina avanzó en la búsqueda de responsabilidades militares a lo largo de estos 33 años de democracia, desde los juicios a las Juntas del llamado "Proceso de Reorganización Nacional" en la era Alfonsín hasta la el año pasado, aun con vaivenes (leyes de Obediencia Debida, Punto Final, indultos, juicios a ex oficiales, etc.), superando "la memoria, verdad y justicia" de las transiciones de no pocos países en el mundo al respecto (la España postfranquista, la Brasil y la Uruguay post 1980, la Chile postpinochetista, entre otros), no puede afirmarse que LA TOTALIDAD DE LA CLASE POLITICA DIRIGENCIAL argentina, incluyendo la sindical y empresaria, haya hecho su "mea culpa" acerca de ese pasado ominoso.


Como tengo hijos y alumnos de la misma edad y he comprobado in situ, el grado de ignorancia y distorsión de la realidad histórica que poseen y han padecido durante estas décadas, paso a detallar mis reflexiones:

En primer lugar, el golpe del `76, amén de que contó con el consabido "consenso" social, dado el caos y desgobierno heredados de la Presidencia de la tristemente célebre "Isabelita" Perón -desde hace décadas, "becada" por todo el pueblo argentino en Madrid-, fue el corolario de una larga cadena de defecciones civiles que se remontan al corporativismo nacionalista y militarista de los años treinta. El largo ciclo golpista argentino, no es responsabilidad exclusivamente de los militares, en todo caso, sí víctimas de su desprofesionalización y manipulación por parte de los políticos desde la injerencia yrigoyenista en ascensos y retiros en los años veinte, sino de la propia dirigencia política cuyos rasgos de facciosidad, particularmente con el ascenso político de Perón -ex militar- y mezquindad, condujeron al país a un triste ocaso institucional y por ende, económico y social. No puede haber "malos" y "buenos" en esa historia, porque sencillamente, los golpes fueron las "salidas" que buscó una dirigencia acorralada por su propia torpeza, logrando en los militares, los intérpretes o ejecutores igualmente torpes y corruptos. Tampoco siquiera se salvan de la culpa colectiva, otros actores como la Iglesia Católica, el sindicalismo o los empresarios. Todos, en mayor o menor medida, son corresponsables de la debacle institucional y moral de la Argentina, a lo largo de todo un período histórico, donde paradójicamente, el país no sufrió guerras mundiales en su territorio, podría haberse beneficiado como pensaba Perón, de los conflictos externos y ajenos y, por el contrario, se enfrascó en disensos suicidas. El colmo llegaría con el final del gobierno militar que emergió en 1976, cuando el "majestuoso" -según la Revista Time de la época- General Galtieri, nos conduciría a una guerra absurda en abril de 1982 contra la mismísima OTAN. 

En segundo lugar, y como casi todos antes, ese último golpe era absolutamente evitable. Perón había regresado al país, comprendía la necesidad de pacificarlo y todos sus rivales, incluyendo el líder de la UCR Ricardo Balbín, estuvo dispuesto a apoyarlo. Pero esta vez, era el peronismo el que ya estaba tremendamente dividido en dos facciones irreconciliables, la "derecha" y la "izquierda" y ambas nos llevarían a un fenomenal baño de sangre de tres años, agudizado por la muerte de Perón y la inclinación de Isabelita hacia el ala "loperreguista" y de la "Triple A", organización parapolicial de extrema derecha. Cuando Balbín pacta la salida militar con Videla, la suerte de la viuda de Perón estaba echada pero con una mayor paciencia colectiva y la convocatoria a elecciones en meses cercanos, ese "exit" hubiera sido institucional. Primó el egoísmo dirigencial, el peronismo no puede omitir su papel en la crisis y mucho menos la oposición, que luego mayoritariamente, cubriría cargos locales y algunos nacionales en el futuro elenco golpista.

Tercero, no debe sobredimensionarse el papel de Estados Unidos. En plena Guerra Fría, el enfrentamiento con la URSS y su satélite, Cuba, era real y obviamente, la intervención cubana en Argentina databa de los años sesenta, lo cual justificaba el papel americano, aunque paradójicamente, el golpe de 1976 no tuvo la misma trascendencia o el mismo significado político y estratégico para Washington que su similar tres años antes, en Chile. En el país trasandino, hubo una experiencia socialista (en tensión permanente con el orden democrático) con Allende en el poder y un gobierno americano contemporáneo como el de Nixon-Kissinger,  que a su vez, afrontaba en casa, dos procesos políticos durísimos como la salida de Vietnam y el escándalo Watergate. Todo ello, de algún modo, justificaba que Estados Unidos hubiera actuado como actuó en el caso chileno y éste se erigiese en una especie de triste "leading case". Pero tres años más tarde, con Gerald Ford a la cabeza de un gobierno de transición, considerando que en Argentina jamás hubo una experiencia socialista y tampoco en ese momento, ya eran los Montoneros o el ERP, fuerzas irregulares capaces de obtener el poder -recuérdese el exitoso Operativo Independencia en Tucumán de 1975, urgido por el propio gobierno de Isabel-Luder- y habiendo además, alternativa institucional al golpe, Washington no creyó oportuno intervenir ni tampoco inclinar la balanza hacia el elenco golpista. Este ni siquiera le hubiera garantizado la defensa de los intereses estratégicos americanos en la zona, como quedó demostrado luego en la Navidad de 1978, en ocasión de la absurda y peligrosa guerra que a los argentinos se les ocurrió declarar a los chilenos y mucho más aún, cuatro años más tarde, con la conflagración de Malvinas, generando dos tensiones innecesarias en el Atlántico Sur, lo que incomodaba sobremanera a los americanos. La presencia del Almirante Massera, un nacionalista admirador de Perón y la autonomía estructural de los militares argentinos, ya habituados a alejarse de Washington desde los bloqueos de armas en los años cincuenta, por el castigo impuesto a Argentina por su tardía declaración de guerra a la Alemania de Hitler, no garantizaban a Washington, aliados como sí podían ser los militares chilenos. La llegada al poder de la Administración Carter a fines de 1976, con su elenco de demócratas furibundos defensores de la causa de los derechos humanos, terminaría por castigar y aislar a la Junta Militar, que sin embargo, se las arreglaría para frenar la embestida política de Patricia Derian & cía, apelando una vez más a la manipulación mediática de las clases medias argentinas, anestesiadas y negatorias de la feroz y anárquica campaña exterminadora emprendida por las cúpulas militares, policiales y parapoliciales, contra los dirigentes y militantes de izquierda, traicionados por el propio Partido Comunista. En efecto, los Echegaray, los Heller y demás líderes pactaron con la Junta por diversas razones y luego la URSS también lo haría en razón del apoyo cerealero y deportivo de Buenos Aires en 1980. Lo descrito cambiaría con Ronald Reagan en 1981, cuando muy brevemente, se inauguró un período de manipulación mutua entre Washington y los militares argentinos, supuestamente fervorosos anticomunistas, pero pronto se interrumpiría a propósito del caso Malvinas.



Por último, cabe indagarnos sobre la vigencia de una deuda pendiente, derivada de 1976, paradójicamente no mencionada entre las numerosas "deudas" internas que mantiene la Argentina, en el discurso inaugural del período legislativo, el pasado 1 de marzo, por parte del Ingeniero Macri, precisamente, víctima de lo que mencionaré a continuación, Esa deuda pendiente es la reforma de las fuerzas de seguridad e inteligencia en el país. Si se pretende combatir a flagelos transnacionales como el narcotráfico o el terrorismo, estas fuerzas policiales no sirven a tales propósitos. Manchadas por la corrupción, poco o nada profesionalizadas, sin objetivos claros y con demasiada autonomía del poder político -cabe subrayar que muy pocos políticos saben o conocen de tal temática policial-, el deterioro de estas fuerzas comienza en los años setenta, con la Triple A y luego, el Proceso, cuando la Policía Federal y ex jefes de la misma, se dedicaban a todo tipo de tropelías, desde robos y secuestros hasta negociados de lo robado, incluyendo hijos de personas "desaparecidas". La generación de esta densa red de violencia oscura, no institucionalizada pero bajo el amparo del poder político, que nunca supo o pudo ni quiso controlarla, sobrevivió a la democracia e incluso tuvo sus primeras exhibiciones públicas, con el secuestro del propio entonces empresario Mauricio Macri en 1991 a manos de la banda parapolicial de Aníbal Gordon. Si la seguridad e inteligencia de este país, sigue en manos de este tipo de mafias, la democracia argentina seguirá cojeando, porque las vidas y libertades de todos nosotros, incluyendo a quienes ocupan transitoriamente el poder, seguirá estando en peligro, como ocurrió el año pasado con el Fiscal Nisman.  

Por consiguiente, cuando los argentinos le reclaman a Estados Unidos por su autocrítica en el apoyo a algunos golpes militares en el Cono Sur, bien cabría preguntarse cuando la harán nuestras dirigencias, o sea, todos aquellos que actuaron de manera protagónica en aquellos tristes y violentos años sesenta y setenta y, continuaron tolerando o siendo cómplices de situaciones o actores nefastos en años posteriores. Porque en realidad, corresponde ser siempre concientes que la democracia llegó en 1983, producto del fiasco militar en Malvinas. De no haber intervenido la Premier Thatcher y haber provocado así la derrota de Galtieri en la guerra, bien cabe interrogarse si la adolescencia colectiva argentina, siempre a la espera de exculpaciones e irresponsabilidades, no se hubiera prolongado más allá de aquel año, generando un derrotero hasta el día de hoy, imprevisible.

Por esto y otras razones, ajenas al propósito de este desordenado artículo, agradezcamos y valoremos la visita del Presidente Obama, como la de cualquier otro Jefe de Estado, ya sin especulaciones ni expectativas desmedidas como en el pasado, pero sobre todo, reflexionemos concienzudamente sobre el 24 de marzo y nuestra propia responsabilidad colectiva como nación. Sólo así podremos madurar y aprender las lecciones de la historia, ser creíbles para el resto de los países y restaurar la confianza genuina de ellos en nosotros, sin esperar nada a cambio. Sobre tales cimientos, puede pensarse en una recuperación colectiva más profunda. 
Años 1978 y 1979:

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Monday, November 10, 2014

25 AÑOS DEL COMIENZO DEL FIN

A todos nos tomó de sorpresa. A los académicos, excepto el sovietólogo Cohen; a los historiadores, a los políticos, a la CIA misma que meses antes, había advertido a Bush (padre) que la URSS se recuperaría rápidamente. Incluso a la Nomenklatura que nunca pensó escoger a un idealista comunista convencido como Gorbachov, quien con su torpeza de abrir el sistema a su manera, terminó generando su implosión masiva, a partir del oportunismo (o traición) de los bordes.

Polonia y Hungría jniciaron el camino en 1989 pero a fuerza de ser sinceros, el proceso de erosión de un sistema que se juzgaba invencible, comenzó tal vez, en 1978 (elección de Karol Wojtyla como Papa); 1979 (invasión fallida de Afganistán) o 1981 (Sindicato Solidaridad en Polonia), consolidándose con el nombramiento de Gorbachov al frente del PCUS, además de tener un contendiente persistente como el Presidente norteamericano Reagan desde 1980.

La propuesta de desarme y la posibilidad de generar un mundo mejor y pacífico, para concentrar los esfuerzos soviéticos en la economía doméstica y ya no más en las aventuras imperiales, intentando alcanzar el envidiado nivel de vida occidental, fueron los móviles gorbachovianos. No su reconocimiento de derrota alguna ni la fuerza de sus opositores, más serios, adentro que afuera de la URSS. Tampoco el precio del petróleo, tan bajo como nunca en la historia rusa. Fueron sus ideales, su necesidad de cambiar valores, apostando a resucitar el socialismo "con rostro humano" y cada uno, "haciéndolo a su manera" (Doctrina Sinatra), revirtiendo las lecciones de Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968. Las ideas mueven al mundo y no la economía decadente, ineficiente y corrupta de la URSS. Los nuevos valores gorbachovianos abrieron nuevas alternativas, los nacionalistas oportunistas de toda Europa Oriental lo aprovecharon y todo el castillo imperial de naipes, se desplomó. Las elites, lejos del razonamiento gorbachoviano, eligieron separarse de la URSS e iniciar su propio camino, apostando al antes denigrado capitalismo democrático.

Los 25 años desde la caída del Muro, vieron liberar a toda Europa del Este, reunificar costosamente a Alemania, desaparecer la amenaza nuclear y el Pacto de Varsovia, sobrevivir a la OTAN y expandir insólita e injustificadamente a ésta, hacia todo el espacio postsoviético. Rusia fue humillada y despreciada una vez más, convirtièndola en un país postimperial al borde de la disgregaciòn, al estilo de la ex Yugoslavia, otrora liderada por los serbios, sus primos eslavos. Los países europeo-orientales transitaron un duro camino a la economía de mercado y la democracia liberal, y salvo unos pocos, dieron su espalda a la Federación. Salvo Bielorrusia, la mayor parte de Asia Central  y en menor medida, Georgia y Ucrania, todos se mostraron ingratos con la liberación soviética de los nazis y prefirieron recordar con saña, el pasado estalinista. Rusia aún débil, fue percibida como el vecino indeseado y la potencia siempre amenazante, a pesar de tener un Ejército mendicante. Cuando se recuperó gracias al petróleo y gas, la interdependencia con Europa, quebró toda opción belicista o neoimperial, hasta el reciente caso ucraniano.

Todo, excepto en Yugoslavia, se desarrolló en paz. El proceso de desarme nuclear fue gradual y bajo control. Los avances fueron notorios en casi  todos los planos, aunque los déficits en calidad de vida e instituciones, fueron marcados en aquellos países sin pasado alguno democràtico o capitalista. Mafias, ilegalidad, corrupción, neoautoritarismo, fueron los rasgos de sistemas en donde convivìan lo viejo y lo nuevo. No había hoja de ruta alguna y en realidad, lo que ocurrió fue casi milagroso, tras tantas décadas de experimentación social antinatural.

Para los alemanes, tras décadas de nazismo y comunismo, más los ocupantes extranjeros que los obligaron a desmilitarizarse, luego de 1945, el fin de la Guerra Fría y la reunificación, fueron excelentes novedades. En poco tiempo, lideró la Unión Europea y fue la potencia económica más dinámica de su región y una de las mayores del mundo. Sin embargo, en los últimos tiempos, comienza a vislumbrarse la disyuntiva a la que tendrá que atenerse tarde o temprano: su rol militar y político. O sigue leal a los dictados de Washington o empieza a autonomizarse y tener su propia política exterior y de defensa, sin necesidad de caer en ominosas nostalgias guerreras.

Finalmente, desde el punto de vista ideológico, claramente, el mundo es mejor que hace 25 años. Hay paz, la prioridad se centra en el desarrollo económico y hay mayores libertades en general. Internet, la globalización financiera y otras aperturas son producto del desenlace de aquel orden. Hay peligros latentes como los nuevos nacionalismos, la xenofobia, la amenaza del radicalismo musulmán y cierta nostalgia por un pasado comunista que brindaba certidumbre e irresponsabilidad. Pero hoy, aún con estos riesgos citados, se vive naturalmente en libertad y la ciudadanía está más sensible a su pérdida. Cuesta muchísimo que prolifere en sitios como Rusia, Albania, Rumania, Bielorrusia, Turkmenistán y otras tantas latitudes postsoviéticas. Sin embargo, los vínculos de interdependencia económica abiertos entre los europeos, obstruyen las posibilidades de nuevas guerras, aùn con los rusos, a propósito de Ucrania. Hay y habrá tensiones, la historia no se terminó, los triunfos son efímeros pero el futuro está abierto y nadie puede predecirlo. Esa es la mejor noticia para quienes seguimos la tradición liberal, después de tanta ingeniería social y teleología fracasadas.