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Sunday, December 6, 2015

UNA FRANCIA TOTALMENTE DERECHIZADA EN COMICIOS REGIONALES

Le Pen afianza a la ultraderecha como el primer partido de Francia

Las elecciones regionales, las primeras desde los atentados de París, consagran el hundimiento del Partido Socialista del presidente Hollande

 París DIARIO EL PAIS, MADRID6 DIC 2015

Marine Le Pen ha llevado este domingo al Frente Nacional, el partido ultraderechista francés, a las cotas más altas de su historia. Con las primeras estimaciones a pie de urna, en la primera vuelta de las elecciones regionales, el FN acaparó alrededor del 30% de los sufragios, por encima de Los Republicanos del exjefe del Estado Nicolas Sarkozy y de los socialistas del actual presidente François Hollande. Es un nivel nunca alcanzado hasta ahora por la ultraderecha, que confirma el éxito de la estrategia de la presidenta del partido de “desdiabolizar” a una formación que gana adeptos entre las clases populares.
La hija del fundador del Frente Nacional ha consolidado este domingo al partido ultranacionalista y antiinmigración como el primer partido de Francia. “Lo es largamente”, insistió el vicepresidente de la formación, Florian Philippot, tras conocer los primeros resultados de la primera vuelta de estas elecciones regionales. Marine Le Pen ha logrado para el FN un avance espectacular desde que tomó las riendas en 2011. El electorado ha premiado sin paliativos su estrategia. Lo hizo ya en las europeas de 2014 y repitió triunfo en marzo en las departamentales. Con estas elecciones, apenas tres semanas después de los peores atentados perpetrados en Francia, con 130 muertos, logra una aceleración inédita. Ha sido, además, el partido más votado en primera vuelta en seis de las 13 regiones metropolitanas en liza.
Marine Le Pen tiene al alcance de la mano la presidencia de la región, Norte-Paso de Calais-Picardía. En esta primera vuelta, con el 89% de los votos escrutados, ha obtenido el 41,65% de los sufragios. Exultante por el éxito obtenido, ha sido breve y sobria, sin embargo, en su primera declaración: “El pueblo se ha expresado. Francia vuelve a levantar la cabeza”, ha dicho. Más adelante, ha llamado a todos sus “compatriotas a votarle el domingo próximo” en la segunda vuelta.
Su principal rival en la región, Xavier Bertrand, de Los Republicanos, ha hecho un inmediato llamamiento a la izquierda para unirse a su candidatura y derrotar a Marine Le Pen. “El FN conduciría a la región a la angustia y el declive”, advirtió. El presidente del partido, Nicolas Sarkozy, ha insistido en su posición: Los Republicanos no retirarán ni fusionarán sus listas para la segunda vuelta. Deberán ser los socialistas los que voten a sus candidatos para frenar al Frente Nacional.
El Partido Socialista ha reaccionado anunciando la retirada de sus candidatos en las dos regiones donde el FN ha barrido: Norte Paso de Calais-Picardía y Provenza-Alpes-Costa Azul (PACA), donde Marion Marechal-Le Pen ha obtenido el 42,87% de los votos (con el 64% escrutado). Así lo ha comunicado el primer secretario del PS Jean-Christophe Cambadélis. El Partido Socialista es, como pronosticaban todos los sondeos, el gran perdedor de estas elecciones. El partido, con sus aliados, gobernaba hasta ahora en 21 de las 22 regiones metropolitanas. Con el nuevo mapa, diseñado el año pasado, apenas conservará dos, quizá tres de las 13 nuevas regiones.
El centroderecha ha obtenido una relativa derrota en estas elecciones, incapaz de capitalizar el hundimiento de los socialistas y de comerle terreno a la ultraderecha. Ha sido el partido más votado en solo cuatro de las 13 regiones en liza. Con una baja participación, Sarkozy ha hecho un llamamiento a la movilización de los electores para intentar frenar al FN en la segunda vuelta. Es previsible que en la segunda vuelta alcance importantes cotas de poder. Su discurso ha tenido, por lo demás, dimensión nacional: “El veredicto de los franceses es claro. Los franceses desean que la prioridad es que la República no recule más, como lo ha hecho durante estos cuatro años”. “Los Republicanos es la única alternativa creíble”, ha añadido el expresidente.
Las elecciones regionales le otorgan al Frente Nacional una plataforma inédita para seguir avanzando en Francia. Las regiones francesas disponen de competencias muy limitadas: en sus manos está la gestión no docente de los liceos, la organización de los transportes públicos, el apoyo a las pymes y las políticas medioambientales. Institucionalmente, sin embargo, es un paso decisivo y sus presupuestos son considerables: el gobierno de Norte-Paso de Calais-Picardía que podría presidir Marine Le Pen maneja 3.300 millones de euros anuales. El ejecutivo de Provenza-Alpes-Costa Azul (PACA), donde puede ganar Marion Marechal Le Pen, maneja 2.100 millones.
El Frente Nacional dispondrá de año y medio para mostrarse como un partido de gobierno capaz de gestionar instituciones de mayor peso hasta las próximas elecciones presidenciales de mayo de 2017. Además de ser los primeros comicios tras los atentados yihadistas de París, su importancia estriba, justamente, en que son las últimas elecciones antes de la cita de ese año. De ahí que el correctivo que ha sufrido el Partido Socialista esté cargado de simbolismo.
La izquierda puede quedar barrida del mapa de Francia. La razón no está solo en la renovada fuerza de la derecha y la ultraderecha. Los partidos de izquierda han concurrido divididos a estas elecciones, de ahí que incluso una parte del electorado les señale como principales responsables de la irrupción de la ultraderecha.

Friday, October 2, 2015

DISCUTIENDO EL PAPEL RUSO EN LA CRISIS DE MEDIO ORIENTE

RUSIA EN LA CRISIS SIRIA 



Marcelo Montes, Doctor en Relaciones Internacionales (UNR), Integrante de la Cátedra Rusia (IRI, UNLP) y del Grupo Euroasiático del CARI. Profesor de Política Internacional (UNVM). 

Los acontecimientos en este mundo en transición, donde no alcanza a vislumbrarse lo enteramente nuevo y tampoco se aleja lo viejo, es decir, donde lo actual es, en realidad, efecto –y no retorno- de aquella Guerra Fría que nos dejó hace 24 años, son vertiginosos. Pocas horas después de una histórica 70 Asamblea de la ONU, por su inusual desfile de primeros mandatarios de las potencias y el regreso de otros que hacía tiempo, no aparecían por New York, con un trasfondo de gestos y acuerdos mutuos, el ruido de las bombas y misiles volvió a estallar en Medio Oriente. Los modernos Sukhoi rusos volvieron a bombardear como no lo hacían desde la invasión soviética a Afganistán o más recientemente, en Georgia 2008. Para muchos, es el retorno del viejo enfrentamiento pero una vez más, se equivocan. El contexto, los actores pero también los intereses, son absolutamente diferentes. 

Desde la crisis ucraniana, tras la hora y media que demandó la reunión Putin-Obama, por fin, Estados Unidos admitió que no puede ser un “llanero solitario” en el mundo actual y que Rusia, al igual que antes y después de los atentados del 2001, puede brindar una decisiva ayuda con el fin de reordenar lo desordenado por Washington mismo, tanto con sus “neocons” y “unipolaristas” tras la gestión Bush (hijo) como por los “neoidealistas” del propio Obama, tras la “Primavera Arabe” en 2011. De todos modos, tal reconocimiento no implica unanimidad de criterios en relación a la crisis siria, sus causales y desenlace, sino por el contrario, un mero “impasse”. 

Varias razones justifican el involucramiento ruso. Putin interpreta hace tiempo que su eternamente incomprendido país, tanto o más custodio histórico de la cristiandad que el Viejo Mundo, tiene el cáncer del fanatismo musulmán tanto wahabista como sunita, en su propio territorio desde la primera guerra chechena en los noventa, mucho antes que Occidente. Por ello, miles de voluntarios de origen eslavo, pelean en territorios sirio e iraquí, financiados insólitamente por Washington, desde hace más de dos años, con la excusa –irreal- de la lucha contra el despotismo de Bashir Al Assad. Rusia puede exportar su “know how” en la materia, brindar su ayuda militar y al mismo tiempo, proteger, al igual que en Crimea, tras el estallido de la crisis ucraniana, sus intereses geopolíticos, es decir, su base naval de Tartus, instalada en Siria, con 1.700 hombres, desde 1971, ese acceso tan deseado desde Pedro El Grande, a los mares cálidos, en este caso, el Mediterráneo. Al ingresar en la guerra civil siria, Moscú tampoco oculta su propósito de romper con el semiaislamiento internacional que le propinaron la UE y Estados Unidos, con sus sanciones comerciales a raíz del “Euromaidan” ucraniano, forjadas a la luz de la enorme ignorancia histórica, cultural y geopolítica del lugar que ocupa aun una Ucrania independiente para Rusia. 

Sin embargo, el involucramiento ruso no es ni será como en los viejos tiempos, amplio, extenso, duradero e imperialista militar. Ya hace dos años, y aunque nadie se lo reconociera, Rusia intervino con “soft power”, mediando para la eliminación de armas químicas de Bashir Al Assad, salvándolo del ataque masivo occidental y logrando lo que Obama, con su Premio Nobel, no había alcanzado: la paz transitoria. Ahora, tras el pedido oficial del propio Bashir Al Assad, Putin ha recibido del Consejo de la Federación, la autorización legal correspondiente para ingresar militarmente a Siria, pero ha expresado de modo oficial que sólo usa aviones para realizar raids contra posiciones de Al Qaeda e ISIS, es decir, grupos terroristas, aunque conociendo la picardía putinista, es obvio que también destruirá objetivos de la escasa oposición armada “racional” o prooccidental –si es que la hubiere-. De esta manera, resguarda al gobierno de Al Assad, ya que el realista líder del Kremlin, al estilo de un Kissinger o un Bush (padre) en ocasión de la primera Guerra del Golfo con Saddam Hussein, considera en términos prácticos que la decisión escogida es la única forma de terminar con la amenaza yihadista, salvando la integridad territorial siria, hoy a merced de las ambiciones no sólo de las bandas terroristas citadas sino de Turquía, Irán y las monarquías árabes. 

Precisamente, está en juego de modo adicional, aunque no de menor jerarquía, en la crisis siria, la dominación del mundo musulmán y la disputa feroz entre un 30 % de shiitas (la Irak post invasión americana, Irán ahora cooperativo con Washington, Siria y El Líbano-Hezbollah) y un 70 % de sunitas (monarquías árabes, Pakistán, ISIS, Al Qaeda, Hermandad Musulmana), con la paradoja de que entre estos últimos, conviven aliados circunstanciales y enemigos acérrimos de Estados Unidos. En su fuero íntimo, Vladimir Putin sabe pero no puede expresarlo públicamente, que la actual Rusia no está en condiciones militares de competir con Estados Unidos, por muchas razones pero sí lo puede hacer en el tablero político, aprovechando las dudas del jefe de Washington y sus colegas europeos. En tal sentido, en una nueva muestra de audacia cierta extorsión, Putin no apoyará coaliciones prooccidentalistas junto a árabes, pakistaníes y turcos, sino que planteará su propio eje junto con sirios, iraníes e iraquíes, sobre todo, hasta no asegurarse que Occidente le levante las sanciones por Ucrania. Será Obama ahora, quien exhiba una enorme incomodidad, al acabar de consensuar con Irán, su desarme nuclear. Las críticas de los “neocons” y “neoidealistas” sobre éste, recrudecerán en los próximos meses, acusándolo de debilidad ante el “Zar Vladimir”. 

Este reposicionamiento internacional le otorga a Putin, aun mayor aprobación doméstica que la que ostenta hasta aquí, en un país orgulloso de su pasado y, en un momento de dificultades macroeconómicas, producto de la baja del precio del crudo, promovido por los propios árabes sauditas, entre otros. En términos humanistas, podría criticarse el accionar de Putin, quien antepone objetivos geopolíticos o electoralistas, al drama gestado desde -y a pesar- de Damasco, pero si su estrategia de detener al yihadismo resulta exitosa, su credibilidad mundial crecerá todavía más, incluso a expensas de la pobre imagen de su propio país. A diferencia de Obama, abrumado por sus contradicciones y las de su propia sociedad, a medio camino entre las preocupaciones humanistas, las ínfulas imperiales moralistas y el cambio demográfico, el ajedrecista Putin, nostálgico del orden internacional posnapoleónico de 1815, concertado y multipolar, no trepida en aprovechar las oportunidades para salvar al Estado ruso y volver a un statu quo, mucho más previsible y beneficioso para sus intereses que el actual tembladeral, al cual condujo la primacía excluyente norteamericana, con terribles efectos humanitarios que asolan media Europa. 

 Como se acaba de percibir, no hay soluciones fáciles en este mundo en transición. Puede lamentarse la ausencia de ideologías como otrora pero al menos, tampoco hay ilusiones utopistas ni expectativas desmesuradas como en 1992. Los líderes que sepan anticipar crisis como la siria o la ucraniana, resolubles previamente con una inteligencia que finalmente faltó, escasean a pesar de que muchos altos dirigentes sentados en los estrados de la ONU esta semana, tienen el título de tales, excepto tal vez, el Papa Francisco. Sobran los decisores lentos de reflejos, que actúan a posteriori, con los hechos consumados, como el Presidente francés Hollande o la Canciller germánica Merkel, que no deja de apagar los incendios que le provoca Washington por doquier, sin provocar jamás su rebeldía, cuando ellos mismos fueron cómplices de los mismos dictadores asiáticos o africanos que hoy vituperan o desprecian. Como expresó con singular crudeza, un niño refugiado sirio frente a las cámaras de TV hace unas semanas: “estamos aquí por nuestro país está en guerra: ahora ayuden a parar la guerra”. Es ni más ni menos, lo que intenta Putin con sus propios métodos (fríos y descarnados), tal vez, similares a los empleados hace años, en la escuela de Beslan o en el Teatro Dubrovka de Moscú. Ante la ineficacia e hipocresía occidental de esta última década, sobre el mundo árabe, bien cabe darle una chance a la emergente Rusia, aunque no esperemos moralidad ni clemencia porque puede que ya resulte tarde para ello.

Tuesday, July 28, 2015

FRANCIA BUSCA COMPENSAR EL PESO DE ALEMANIA

EUROPA Y EL EJE FRANCO-ALEMAN
REVISTA POLITICA EXTERIOR, 28 de julio.
Unión fiscal, salario mínimo transfronterizo, un gobierno económico con presupuesto propio, impuestos de sociedades armonizados, mutualización de las deudas… son algunas de las propuestas francesas para ampliar la integración de la zona euro, que serán concretadas a la vuelta del verano. Con su intento de liderar una vanguardia de los países que quieren “ir más lejos”, el presidente François Hollande pretende ponerse a la cabeza del proceso de integración europea, renqueante tras el tercer rescate griego. Pero más que una iniciativa atrevida, París se embarca en un lavado de imagen. Francia necesita preservar una apariencia de relevancia porque cada vez es más evidente su papel secundario en una Unión Europea liderada por Alemania.
Parte de las propuestas francesas no son novedad. Ya es evidente que la UE está destinada a avanzar “a dos velocidades”, con la zona euro reforzando su integración en tanto que la periferia limita o incluso reduce (en el caso de Reino Unido) sus compromisos con Bruselas. Algunas de las herramientas más importantes para garantizar la viabilidad del euro, como la unión bancaria, llevan tiempo sobre la mesa, e incluso han sido aprobadas (aunque en este caso, las reticencias alemanas debilitaron considerablemente la medida).
La decisión de tomar la iniciativa tiene mucho que ver con la necesidad de buscar un contrapeso, aunque sea simbólico, a una Alemania que está viendo su reputación arruinada en media Europa (la de los deudores, frente a la de los acreedores, que mantienen su fe en Angela Merkel y, especialmente, en su ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble). “La solución no puede estar en una Europa dirigida desde Berlín”, señala Hans Kundnani en El País.
El problema es que, a estas alturas, el liderazgo económico alemán en la zona euro es indiscutible. En las reuniones del Eurogrupo, “solo el ministro de Economía francés hacía ruidos diferentes a los de la línea oficial alemana, y esos ruidos eran muy sutiles”, aseguraba el exministro griego Yanis Varufakis en una entrevista reciente. “Te dabas cuenta de que tenía que usar un lenguaje muy prudente, aparentar que no se oponía. Y en el análisis final, cuando Schäuble respondía y establecía la línea oficial, el ministro de Economía francés siempre terminaba por plegarse y aceptarla”.
El estado del eje París-Berlín, tradicional motor de la UE, no está exento de ironía. Ya en 2011, The Economist señalaba que el eje servía para ocultar tanto “la fuerza de Alemania” como “la debilidad de Francia”. Pero en el pasado fue la Francia de Charles de Gaulle (y la que, en 2005, rechazó la creación de una constitución europea) la que buscaba una Europa gobernada por Estados, trampolín de la influencia francesa en el exterior. Konrad Adenauer era, por el contrario, un federalista europeo. Hoy es París quien apuesta por más integración, en una Europa cada vez más germanizada.
Las diferencias entre ambos países se extienden al terreno de la economía política. A nivel europeo, las prioridades de Berlín y París difieren. “Al contemplar abiertamente una expulsión forzosa de Grecia, Alemania ha demostrado que las consideraciones económicas están por encima de las cuestiones políticas y las estratégicas. Francia ve el orden de los factores de otra manera”, señala el Financial Times. En el terreno doméstico, Hollande accedió a la presidencia hace tres años prometiendo acabar con las políticas de austeridad. Bajo presión alemana, se ha visto obligado a rectificar y apoyar los recortes promovidos por sus ministros más liberales, Manuel Valls y Emmanuel Macron.
La hegemonía de Berlín es, a pesar de todo, incompleta. Alemania no tiene vocación ni experiencia como líder internacional, y sus respuestas a la crisis del euro han estado guiadas por consideraciones cortoplacistas. La crisis de Ucrania ha sido el primer caso de política exterior en el que Alemania ha guiado al resto de Europa, con relativo éxito (de momento). Incluso en este caso, lo ha hecho con apoyo francés.