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Sunday, April 29, 2018

MIENTRAS MACRON SEDUCE A TRUMP, CONTINUA LA FRIALDAD CON MERKEL


Merkel intenta limar asperezas con Trump en Washington, eclipsada tras la visita de Macron


20 minutos.es
28 de abril de 2018

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La visita de la canciller alemana, Angela Merkel, a Washington para reunirse con el presidente norteamericano, Donald Trump, no ha servido para acabar con las diferencias estructurales que existen entre los dos líderes, que no obstante han mostrado cercanía independientemente de las tensiones. Además, el encuentro ha quedado eclipsado por la cálida recepción que recibió tres días antes el mandatario francés, Emmanuel Macron. "Necesitamos crear una relación recíproca, que no tenemos aún. Estamos trabajando en ello y queremos que sea más justa y la canciller también lo quiere", ha declarado Trump en la rueda de prensa conjunta que ha dado junto a la mandataria alemana. Al contrario que su homólogo francés, Merkel ha optado por no establecer una relación personal con el presidente de Estados Unidos, por lo que el tono de su visita, de apenas un día y mucho más concisa, ha contrastado de sobremanera con la de Emmanuel Macron.

Eso sí, Merkel logró que su segunda reunión con Trump en Washington fuera más cordial que la primera, celebrada hace más de un año y marcada por múltiples señales de tensión personal, pero no pudo esquivar las comparaciones con los efusivos besos y abrazos que Trump compartió con Macron durante su visita de Estado el pasado martes. Aún así, tanto Trump como Merkel se esforzaron en enterrar los recuerdos de su primer encuentro, en el que el líder estadounidense rehusó darle la mano ante las cámaras a la canciller alemana. "Tenemos una relación realmente excelente. En realidad, hemos tenido una relación excelente desde el principio, pero alguna gente no lo entendió", dijo Trump al comienzo de su reunión con Merkel. Esta vez, Trump sí le estrechó la mano y la definió como "una mujer muy extraordinaria", pero no transmitió la impresión de tener química con Merkel, con la que ha tenido desacuerdos sobre todo tipo de temas, desde el futuro de la Unión Europea (UE) y la OTAN hasta la inmigración y el comercio. 


Doble presión a Trump 

Como Macron unos días antes, Merkel acudía a Washington con el objetivo de convencer a Trump de que exima permanentemente a la Unión Europea (UE) de los aranceles al acero y aluminio, y de que no se retire del acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 por EE UU junto a Alemania, Francia, China, Rusia y el Reino Unido. 

Los líderes no dieron pistas sobre ningún posible avance en el primer tema, apenas cuatro días antes de que caduque la exención temporal que Trump ha concedido a la UE y a otros aliados, entre ellos México, Canadá, Argentina y Brasil. "Hemos hablado sobre el estado de las negociaciones y nuestras respectivas evaluaciones sobre cómo están las cosas, y la decisión depende del presidente (Trump)", se limitó a indicar Merkel. Trump, por su parte, evitó hablar sobre los aranceles y se limitó a denunciar el elevado déficit comercial con la Unión Europea (UE) y la necesidad de hacer "más justa" y "recíproca" esa relación.

El líder estadounidense también insistió en que Alemania y otros países europeos deben pagar su "parte justa" a la OTAN, es decir, al menos el 2% de su producto interior bruto. "La OTAN es maravillosa, pero ayuda más a Europa que a nosotros, así que ¿por qué estamos pagando nosotros la gran mayoría de sus costes?", preguntó Trump. Merkel replicó que, aunque Alemania aún no llegue a ese 2%, es "el segundo contribuyente de tropas a la OTAN" y ha hecho "muchos avances en los últimos años, aunque desde la perspectiva del presidente (Trump) no hayan ocurrido lo suficientemente rápido". 

Acuerdo nuclear con Irán 

La canciller hizo una concesión a Trump al reconocer que el actual acuerdo nuclear iraní "no es suficiente" para asegurarse de que "se contienen las ambiciones de Irán" en la región, en concreto su "influencia geopolítica en Siria" y otros países. "(El acuerdo) no es perfecto. Es una pieza de un mosaico, un bloque sobre el que podemos construir una estructura", afirmó.

Merkel confirmaba así que está abierta a reforzar el pacto de 2015, pero no aclaró si respalda la propuesta de Macron para negociar un nuevo acuerdo más amplio con Teherán. En enero, Trump amenazó con retirarse del acuerdo con Irán si los países europeos firmantes del pacto de 2015 (Francia, Reino Unido y Alemania) no negociaban con él cuanto antes un acuerdo paralelo que corrigiera los "defectos" del arreglo original.

Trump planea anunciar si sigue en el acuerdo antes del 12 de mayo, y no ha dado pistas sobre cuál será su decisión, pero Macron ya ha pronosticado que se retirará del acuerdo por razones internas. Merkel y Trump hablaron también sobre Ucrania, y la canciller alemana aseguró que las diferencias con EE UU sobre ese tema son mínimas, y que es necesario tanto "mantener "buenas relaciones con Rusia" como defender la "integridad territorial" ucraniana.

Aunque esta semana quedó claro que Trump tiene un favorito en el eje europeo y no es Merkel, algunos observadores apuntaron que quizá a la canciller alemana no le interesaba proyectar el mismo grado de cercanía que Macron con el presidente estadounidense, dado que este es extremadamente impopular en Alemania. "Si miras a los números (de popularidad) en Alemania y otros países, puede que no les guste Donald Trump, pero tienen que entender que eso significa que estoy haciendo un buen trabajo, porque estoy representando a Estados Unidos", dijo Trump en la conferencia de prensa, mientras Merkel le miraba con extrañeza. 

Monday, March 13, 2017

PUTIN VERSUS MERKEL: GERMANY AND RUSSIA, THE PAST AND THE PRESENT

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 BERLIN — He was skinny in his trim, dark suit, an almost lupine figure, nervous and unexpectedly youthful for a president of Russia. Taking the lectern beneath the dome of the restored Reichstag, Vladimir V. Putin soon shifted to German, with a fluency that startled the German lawmakers and a pro-West message that reassured them. The Cold War seemed over.
It was 2001, just weeks after the Sept. 11 attacks, and Mr. Putin pledged solidarity with America while also sketching a vision of Russia’s European destiny. He was the first Russian leader to address the German Parliament, and lawmakers jumped to their feet, applauding, as many deputies marveled that he could speak their language so well.
Except for Angela Merkel, then the relatively untested leader of the opposition. She joined the standing ovation but turned to say something to a lawmaker who had grown up in the formerly Communist East, as she had. She knew how Mr. Putin’s German had gotten so good.
“Thanks to the Stasi,” Ms. Merkel said, a reference to the East German secret police Mr. Putin had worked alongside when he was a young K.G.B. officer in Dresden.
 Fast-forward more than 15 years, to a world where the Cold War seems resurgent, which has seen a procession of American and European leaders try and fail to engage Russia, and only Ms. Merkel and Mr. Putin remain. Their relationship, and rivalry, is a microcosm of the sharply divergent visions clashing in Europe and beyond, a divide made more consequential by the uncertainty over President Trump’s policy toward Russia and whether he will redefine the traditional alliances of American foreign policy.

Ms. Merkel, 62, is now the undisputed leader of Europe, weary but resolute, the stolid defender of an embattled European Union and of Western liberal values. Mr. Putin, 64, is now the equivalent of a modern Russian czar, who wants to fracture Europe and the liberal Western order. He has outlasted George W. Bush and Barack Obama in America, and Tony Blair, David Cameron, Jacques Chirac and Nicolas Sarkozy in Europe. His state-sponsored hacking teams are accused of helping to derail Hillary Clinton’s predicted ride to the White House.
Now Europe’s fate is on the line, with coming elections in the Netherlands, France, possibly Italy and in Germany, where Ms. Merkel is seeking a fourth term as chancellor. If not on any ballot, Mr. Putin is a shadow figure in every race, inspiring angry European populists who embrace his nationalistic ethos, while Russia is also suspected of meddling through cyberhacking and spreading disinformation. Toppling Ms. Merkel would mean Mr. Putin had bested his last rival.
“Chancellor Merkel is the most steadfast custodian of the concept of the liberal West going back 70 years,” said Strobe Talbott, who was President Bill Clinton’s leading adviser on Russia, “and that makes her Putin’s No. 1 target.”
The new geopolitical dynamics will be on display on Tuesday, when Ms. Merkel visits the White House for her first meeting with Mr. Trump. Mr. Putin, in turn, on Thursday invited the German chancellor to visit Moscow in the near future. It is a poker game featuring two inscrutable players with a long history — and a new, inscrutable third participant.
Back in 2000, as the West struggled to size up the new Russian leader, the puzzlement was distilled in a panel question at the elite talkfest at Davos, Switzerland: “Who is Mr. Putin?” Years later, Mr. Putin remains an enigma, sometimes depicted as a cartoonish, shirtless macho man, or drawn as a master political strategist, a Slavic Machiavelli.
But equally apt is this question: “Who is Ms. Merkel?” Pragmatic, nonideological and cautious, Ms. Merkel, too, remains largely unknowable. Her status as Germany’s “Mutti,” or “Mother,” is mostly a reflection of the biases of the country’s male-dominated media and political class, still unsure how to categorize a powerful woman.
Between them, there have been dozens of meetings and scores of telephone calls over the years, if never a breakthrough moment nor a partnership of the sort that Prime Minister Margaret Thatcher of Britain once forged with the Soviet Union’s last leader, Mikhail S. Gorbachev. If that pair helped the world out of the Cold War, Mr. Putin and Ms. Merkel’s relationship often seems trapped in it, shaped by their very different experiences in East Germany.
Never a friend nor an open foe, Ms. Merkel has always sought to nudge Mr. Putin and Russia toward a relationship rooted in rules rather than emotion, a comity built on clearly defined common interests, not personal chemistry. Mr. Putin, in turn, has longed for a transactional leader in Europe, someone who would strike a grand bargain and guarantee Russia a fixed, even privileged, place at the decision-making table.
Before Ms. Merkel took power, Mr. Putin had that rapport with her predecessor, Gerhard Schröder. Now it is one of Mr. Schröder’s heirs, Martin Schulz, leading the center-left Social Democrats, who poses the biggest challenge to Ms. Merkel. Having the Social Democrats back in power, with their warmer embrace of Russia, would be a boon to Mr. Putin — just as he is hoping for friendlier leadership in France, and with Mr. Trump in the United States.
The Merkel-Putin relationship is defined by wariness, mutual suspicion, if also mutual respect. Yet along the way, there have been missed opportunities and misjudgments, which are culminating now in a moment of reckoning, as Ms. Merkel tries for another term — and Mr. Putin’s Russia is accused of working to thwart her.

Friday, October 2, 2015

DISCUTIENDO EL PAPEL RUSO EN LA CRISIS DE MEDIO ORIENTE

RUSIA EN LA CRISIS SIRIA 



Marcelo Montes, Doctor en Relaciones Internacionales (UNR), Integrante de la Cátedra Rusia (IRI, UNLP) y del Grupo Euroasiático del CARI. Profesor de Política Internacional (UNVM). 

Los acontecimientos en este mundo en transición, donde no alcanza a vislumbrarse lo enteramente nuevo y tampoco se aleja lo viejo, es decir, donde lo actual es, en realidad, efecto –y no retorno- de aquella Guerra Fría que nos dejó hace 24 años, son vertiginosos. Pocas horas después de una histórica 70 Asamblea de la ONU, por su inusual desfile de primeros mandatarios de las potencias y el regreso de otros que hacía tiempo, no aparecían por New York, con un trasfondo de gestos y acuerdos mutuos, el ruido de las bombas y misiles volvió a estallar en Medio Oriente. Los modernos Sukhoi rusos volvieron a bombardear como no lo hacían desde la invasión soviética a Afganistán o más recientemente, en Georgia 2008. Para muchos, es el retorno del viejo enfrentamiento pero una vez más, se equivocan. El contexto, los actores pero también los intereses, son absolutamente diferentes. 

Desde la crisis ucraniana, tras la hora y media que demandó la reunión Putin-Obama, por fin, Estados Unidos admitió que no puede ser un “llanero solitario” en el mundo actual y que Rusia, al igual que antes y después de los atentados del 2001, puede brindar una decisiva ayuda con el fin de reordenar lo desordenado por Washington mismo, tanto con sus “neocons” y “unipolaristas” tras la gestión Bush (hijo) como por los “neoidealistas” del propio Obama, tras la “Primavera Arabe” en 2011. De todos modos, tal reconocimiento no implica unanimidad de criterios en relación a la crisis siria, sus causales y desenlace, sino por el contrario, un mero “impasse”. 

Varias razones justifican el involucramiento ruso. Putin interpreta hace tiempo que su eternamente incomprendido país, tanto o más custodio histórico de la cristiandad que el Viejo Mundo, tiene el cáncer del fanatismo musulmán tanto wahabista como sunita, en su propio territorio desde la primera guerra chechena en los noventa, mucho antes que Occidente. Por ello, miles de voluntarios de origen eslavo, pelean en territorios sirio e iraquí, financiados insólitamente por Washington, desde hace más de dos años, con la excusa –irreal- de la lucha contra el despotismo de Bashir Al Assad. Rusia puede exportar su “know how” en la materia, brindar su ayuda militar y al mismo tiempo, proteger, al igual que en Crimea, tras el estallido de la crisis ucraniana, sus intereses geopolíticos, es decir, su base naval de Tartus, instalada en Siria, con 1.700 hombres, desde 1971, ese acceso tan deseado desde Pedro El Grande, a los mares cálidos, en este caso, el Mediterráneo. Al ingresar en la guerra civil siria, Moscú tampoco oculta su propósito de romper con el semiaislamiento internacional que le propinaron la UE y Estados Unidos, con sus sanciones comerciales a raíz del “Euromaidan” ucraniano, forjadas a la luz de la enorme ignorancia histórica, cultural y geopolítica del lugar que ocupa aun una Ucrania independiente para Rusia. 

Sin embargo, el involucramiento ruso no es ni será como en los viejos tiempos, amplio, extenso, duradero e imperialista militar. Ya hace dos años, y aunque nadie se lo reconociera, Rusia intervino con “soft power”, mediando para la eliminación de armas químicas de Bashir Al Assad, salvándolo del ataque masivo occidental y logrando lo que Obama, con su Premio Nobel, no había alcanzado: la paz transitoria. Ahora, tras el pedido oficial del propio Bashir Al Assad, Putin ha recibido del Consejo de la Federación, la autorización legal correspondiente para ingresar militarmente a Siria, pero ha expresado de modo oficial que sólo usa aviones para realizar raids contra posiciones de Al Qaeda e ISIS, es decir, grupos terroristas, aunque conociendo la picardía putinista, es obvio que también destruirá objetivos de la escasa oposición armada “racional” o prooccidental –si es que la hubiere-. De esta manera, resguarda al gobierno de Al Assad, ya que el realista líder del Kremlin, al estilo de un Kissinger o un Bush (padre) en ocasión de la primera Guerra del Golfo con Saddam Hussein, considera en términos prácticos que la decisión escogida es la única forma de terminar con la amenaza yihadista, salvando la integridad territorial siria, hoy a merced de las ambiciones no sólo de las bandas terroristas citadas sino de Turquía, Irán y las monarquías árabes. 

Precisamente, está en juego de modo adicional, aunque no de menor jerarquía, en la crisis siria, la dominación del mundo musulmán y la disputa feroz entre un 30 % de shiitas (la Irak post invasión americana, Irán ahora cooperativo con Washington, Siria y El Líbano-Hezbollah) y un 70 % de sunitas (monarquías árabes, Pakistán, ISIS, Al Qaeda, Hermandad Musulmana), con la paradoja de que entre estos últimos, conviven aliados circunstanciales y enemigos acérrimos de Estados Unidos. En su fuero íntimo, Vladimir Putin sabe pero no puede expresarlo públicamente, que la actual Rusia no está en condiciones militares de competir con Estados Unidos, por muchas razones pero sí lo puede hacer en el tablero político, aprovechando las dudas del jefe de Washington y sus colegas europeos. En tal sentido, en una nueva muestra de audacia cierta extorsión, Putin no apoyará coaliciones prooccidentalistas junto a árabes, pakistaníes y turcos, sino que planteará su propio eje junto con sirios, iraníes e iraquíes, sobre todo, hasta no asegurarse que Occidente le levante las sanciones por Ucrania. Será Obama ahora, quien exhiba una enorme incomodidad, al acabar de consensuar con Irán, su desarme nuclear. Las críticas de los “neocons” y “neoidealistas” sobre éste, recrudecerán en los próximos meses, acusándolo de debilidad ante el “Zar Vladimir”. 

Este reposicionamiento internacional le otorga a Putin, aun mayor aprobación doméstica que la que ostenta hasta aquí, en un país orgulloso de su pasado y, en un momento de dificultades macroeconómicas, producto de la baja del precio del crudo, promovido por los propios árabes sauditas, entre otros. En términos humanistas, podría criticarse el accionar de Putin, quien antepone objetivos geopolíticos o electoralistas, al drama gestado desde -y a pesar- de Damasco, pero si su estrategia de detener al yihadismo resulta exitosa, su credibilidad mundial crecerá todavía más, incluso a expensas de la pobre imagen de su propio país. A diferencia de Obama, abrumado por sus contradicciones y las de su propia sociedad, a medio camino entre las preocupaciones humanistas, las ínfulas imperiales moralistas y el cambio demográfico, el ajedrecista Putin, nostálgico del orden internacional posnapoleónico de 1815, concertado y multipolar, no trepida en aprovechar las oportunidades para salvar al Estado ruso y volver a un statu quo, mucho más previsible y beneficioso para sus intereses que el actual tembladeral, al cual condujo la primacía excluyente norteamericana, con terribles efectos humanitarios que asolan media Europa. 

 Como se acaba de percibir, no hay soluciones fáciles en este mundo en transición. Puede lamentarse la ausencia de ideologías como otrora pero al menos, tampoco hay ilusiones utopistas ni expectativas desmesuradas como en 1992. Los líderes que sepan anticipar crisis como la siria o la ucraniana, resolubles previamente con una inteligencia que finalmente faltó, escasean a pesar de que muchos altos dirigentes sentados en los estrados de la ONU esta semana, tienen el título de tales, excepto tal vez, el Papa Francisco. Sobran los decisores lentos de reflejos, que actúan a posteriori, con los hechos consumados, como el Presidente francés Hollande o la Canciller germánica Merkel, que no deja de apagar los incendios que le provoca Washington por doquier, sin provocar jamás su rebeldía, cuando ellos mismos fueron cómplices de los mismos dictadores asiáticos o africanos que hoy vituperan o desprecian. Como expresó con singular crudeza, un niño refugiado sirio frente a las cámaras de TV hace unas semanas: “estamos aquí por nuestro país está en guerra: ahora ayuden a parar la guerra”. Es ni más ni menos, lo que intenta Putin con sus propios métodos (fríos y descarnados), tal vez, similares a los empleados hace años, en la escuela de Beslan o en el Teatro Dubrovka de Moscú. Ante la ineficacia e hipocresía occidental de esta última década, sobre el mundo árabe, bien cabe darle una chance a la emergente Rusia, aunque no esperemos moralidad ni clemencia porque puede que ya resulte tarde para ello.

Tuesday, July 28, 2015

FRANCIA BUSCA COMPENSAR EL PESO DE ALEMANIA

EUROPA Y EL EJE FRANCO-ALEMAN
REVISTA POLITICA EXTERIOR, 28 de julio.
Unión fiscal, salario mínimo transfronterizo, un gobierno económico con presupuesto propio, impuestos de sociedades armonizados, mutualización de las deudas… son algunas de las propuestas francesas para ampliar la integración de la zona euro, que serán concretadas a la vuelta del verano. Con su intento de liderar una vanguardia de los países que quieren “ir más lejos”, el presidente François Hollande pretende ponerse a la cabeza del proceso de integración europea, renqueante tras el tercer rescate griego. Pero más que una iniciativa atrevida, París se embarca en un lavado de imagen. Francia necesita preservar una apariencia de relevancia porque cada vez es más evidente su papel secundario en una Unión Europea liderada por Alemania.
Parte de las propuestas francesas no son novedad. Ya es evidente que la UE está destinada a avanzar “a dos velocidades”, con la zona euro reforzando su integración en tanto que la periferia limita o incluso reduce (en el caso de Reino Unido) sus compromisos con Bruselas. Algunas de las herramientas más importantes para garantizar la viabilidad del euro, como la unión bancaria, llevan tiempo sobre la mesa, e incluso han sido aprobadas (aunque en este caso, las reticencias alemanas debilitaron considerablemente la medida).
La decisión de tomar la iniciativa tiene mucho que ver con la necesidad de buscar un contrapeso, aunque sea simbólico, a una Alemania que está viendo su reputación arruinada en media Europa (la de los deudores, frente a la de los acreedores, que mantienen su fe en Angela Merkel y, especialmente, en su ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble). “La solución no puede estar en una Europa dirigida desde Berlín”, señala Hans Kundnani en El País.
El problema es que, a estas alturas, el liderazgo económico alemán en la zona euro es indiscutible. En las reuniones del Eurogrupo, “solo el ministro de Economía francés hacía ruidos diferentes a los de la línea oficial alemana, y esos ruidos eran muy sutiles”, aseguraba el exministro griego Yanis Varufakis en una entrevista reciente. “Te dabas cuenta de que tenía que usar un lenguaje muy prudente, aparentar que no se oponía. Y en el análisis final, cuando Schäuble respondía y establecía la línea oficial, el ministro de Economía francés siempre terminaba por plegarse y aceptarla”.
El estado del eje París-Berlín, tradicional motor de la UE, no está exento de ironía. Ya en 2011, The Economist señalaba que el eje servía para ocultar tanto “la fuerza de Alemania” como “la debilidad de Francia”. Pero en el pasado fue la Francia de Charles de Gaulle (y la que, en 2005, rechazó la creación de una constitución europea) la que buscaba una Europa gobernada por Estados, trampolín de la influencia francesa en el exterior. Konrad Adenauer era, por el contrario, un federalista europeo. Hoy es París quien apuesta por más integración, en una Europa cada vez más germanizada.
Las diferencias entre ambos países se extienden al terreno de la economía política. A nivel europeo, las prioridades de Berlín y París difieren. “Al contemplar abiertamente una expulsión forzosa de Grecia, Alemania ha demostrado que las consideraciones económicas están por encima de las cuestiones políticas y las estratégicas. Francia ve el orden de los factores de otra manera”, señala el Financial Times. En el terreno doméstico, Hollande accedió a la presidencia hace tres años prometiendo acabar con las políticas de austeridad. Bajo presión alemana, se ha visto obligado a rectificar y apoyar los recortes promovidos por sus ministros más liberales, Manuel Valls y Emmanuel Macron.
La hegemonía de Berlín es, a pesar de todo, incompleta. Alemania no tiene vocación ni experiencia como líder internacional, y sus respuestas a la crisis del euro han estado guiadas por consideraciones cortoplacistas. La crisis de Ucrania ha sido el primer caso de política exterior en el que Alemania ha guiado al resto de Europa, con relativo éxito (de momento). Incluso en este caso, lo ha hecho con apoyo francés.