Sunday, November 2, 2014

BRANSON: EL SUEÑO DE LOS VUELOS COMERCIALES AL ESPACIO, CONTINUA

Richard Branson: “Vamos a aprender de este fallo y seguir adelante”

El presidente de Virgin Galactic dice que su prioridad siempre ha sido la seguridad y promete completar el proyecto de los viajes espaciales privados a pesar del fatal acidente

 Los Ángeles DIARIO EL PAIS, MADRID1 NOV 2014 - 21:15 CET
Sir Richard Branson, el presidente de Virgin Galactic, la compañía que se propone llevar turistas al espacio, prometió este sábado que su proyecto seguirá adelante tras el fatal accidente que el viernes costó la vida a un piloto de pruebas. El SpaceShipTwo, el prototipo de nave en el que se espera que se realicen viajes comerciales a una altura suborbital para ver la tierra desde el espacio, sufrió una "grave avería" durante un vuelo de prueba y se estrelló en el desierto de Mojave, a unos 150 kilómetros al nordeste de Los Ángeles, California. Un piloto de pruebas murió y el otro, que logró saltar en paracaídas, se encuentra hospitalizado grave.
"Entendemos los riesgos y no vamos a presionar para seguir adelante a ciegas, hacerlo sería un insulto para aquellos afectados por esta tragedia. Vamos a aprender de lo que ha salido mal, descubrir cómo podemos mejorar la seguridad, y seguir adelante juntos", dijo el empresario en una rueda de prensa a las 9.30 de la mañana en las instalaciones del Mojave Aerospace Port, las instalaciones donde la compañía realiza sus pruebas en el desierto de California. "Este es un momento muy difícil para nosotros en Virgin Galactic, The Spaceship Company y Scaled Composites (la empresa auxiliar del proyecto para la que trabajaba el piloto) y estamos con las familias de los valientes pilotos de Scaled y todos aquellos afectados por esta tragedia", dijo Branson.
ATLAS
El piloto ha sido identificado por la policía del condado de Kern como Michael Alsbury, de 39 años. Alsbury llevaba 14 años trabajando en Scaled Composites, la empresa que desarrolla la nave, como ingeniero y piloto de pruebas. Tenía más de 1.800 horas de experiencia en vuelo.
Tanto el presidente de Virgin como el presidente del Consejo de Seguridad de Transportes (NTSB) de EE UU, Christopher Hart, apuntaron que hasta el momento se desconocen por completo las causas del accidente. La investigación ha comenzado esta mañana, hora del Pacífico. Hart emplazó a una segunda comparecencia de prensa por la tarde para conocer algún dato.
"Estamos decididos a descubrir qué ha salido mal y trabajamos con las autoridades para conseguir esa información", dijo Branson. "Es demasiado pronto para que pueda añadir ningún detalle a la investigación en este momento".
El accidente de la SpaceShipTwo llega solo dos días después de que se estrellara en Virginia, nada más despegar, un cohete de Orbital Sciences, otra de las compañías que pugnan en el incipiente mercado de los vuelos espaciales privados y que tiene un contrato de transporte de material con la NASA.
Secuencia de fotos en la que se ve al SpaceShipTwo separarse de la nave nodriza y explotar, el viernes durante un vuelo de prueba. / AP
La industria aeroespacial privada, formada hace menos de una década por una decena de compañías que surgen del empuje de un puñado de millonarios, se enfrenta a uno de sus momentos más bajos en términos de confianza en el futuro inmediato. Después de una década de pruebas, Virgin Galactic estaba a punto de iniciar su primer vuelo comercial, entre este año y el próximo. 
La nave que se estrelló el viernes está pensada para llevar a dos pilotos y seis pasajeros hasta la estratosfera, a una altura suborbital, para tener la experiencia de viajar al espacio unos minutos. Un avión nodriza, llamado WhiteKnightTwo, lo remolca hasta una altura de 15.000 metros. Allí el SpaceShipTwo se separa, enciende sus propios cohetes y sube hasta 100.000 metros de altitud, una altura que sólo han visto astronautas.
El viernes, algo falló tras encender los cohetes. Kevin Mickey, presidente de Scaled, señaló el viernes que estaban probando por cuarta vez en vuelo una determinada combinación de combustibles que se había probado con éxito muchas veces en tierra.
Consciente de las dudas que una accidente como este plantea en inversores y clientes, Branson quiso este sábado comparar su proyecto con los primeros años de la aviación comercial y destacar que la seguridad ha sido siempre la prioridad de la compañía, y de ahí este tipo de pruebas. "Siempre hemos sabido que los viajes espaciales son un proyecto increíblemente difícil. Hemos hecho programas completos de pruebas y la seguridad siempre ha sido nuestra prioridad número uno. Este es el mayor programa de pruebas jamás realizado en la historia de la aviación comercial, precisamente para que esto no le pase al público", dijo Branson. "En los primeros años de la aviación comercial hubo incidentes. Después se hizo muy seguro", expresó el presidente de Virgin.
Más de 500 personas habían reservado ya billetes para ir al espacio con Virgin, con un precio de 200.000 dólares. Se trata de un mercado para millonarios, aunque Branson está convencido de que hay un futuro de precios más baratos para el turismo espacial. "Nos gustaría acabar lo que empezamos hace unos años", dijo ayer el empresario. "Todos nuestros astronautas quieren acabarlo. Millones de personas en el mundo quieren tener la oportunidad de ir al espacio". El presidente de Virgin Galactic garantizó que devolverá el dinero a cualquiera que haya hecho una reserva y se quiera echar atrás.
Branson habló de su proyecto en términos históricos, con el convencimiento de quien está haciendo realidad algo que solo estaba en la imaginación de unos pocos al comenzar el siglo. Así terminó su mensaje: "Creo de verdad que los grandes logros de la humanidad surgen de nuestro mayor sufrimiento. Este equipo es un grupo de personas entre las más valientes, brillantes, decididas y resistentes que yo haya tenido el privilegio de conocer. Estamos decididos a honrar la valentía de los pilotos y los equipos aprendiendo de esta tragedia. Solo entonces podremos seguir adelante, unidos tras el deseo colectivo de llevar más lejos la frontera del esfuerzo humano".

CHILE: EL DEBATE EDUCATIVO EN SERIO

En el medio de la tecnopolítica chilena ha aparecido una verdadera industria de educación comparativa.
Publicado 29.10.2014


POR JOSE JOAQUIN BRUNNER (para FORO LIBERO)
En el  medio de la tecnopolítica chilena -ministerios, agencias públicas, academia orientada a la política pública, burócratas superiores, prensa y medios de comunicación audiovisuales, think tanks, organismos no-gubernamentales, directivos de movimientos sociales- ha aparecido una verdadera industria de educación comparativa. De la noche a la mañana (siguiente) hay una plétora de nuevos expertos que, igual como sus congéneres los nouveaux riches, hacen ostentación del conocimiento recién adquirido y citan con fruición nombres y estadísticas, exhibiéndose como miembros de una clase aparte, mandarines de la comparación educacional.
En la propia academia el fenómeno es notable. Todos quienes hablan de educación parecen ser miembros activos de la Comparative and International Education Society (CIES) y habituales visitantes (y conocedores) de las instituciones educativas de Shanghái, la ciudad de Nimega en Holanda, los colegios privados con fines de lucro de Suecia y la India o de la formación docente en Nueva Zelandia y Corea.
Hay, sin duda, una intensa demanda por conocimiento educacional comparado. Diarios y revistas acompañan ahora sus crónicas habituales con paralelos entre escuelas locales y colegios de ultramar, entre el modelo japonés de enseñar matemática y el modelo yanqui, entre el grado de segmentación escolar en Chile y Macao-China, entre los puntajes PISA de los alumnos criollos y aquellos de Grecia o Turquía.
También la política se alimenta de esa onda comparativista. Si usted es ministro, subsecretario, director de división, jefe de gabinete o asesor de rango, más le vale leer The Economist para partir y, enseguida, acostumbrarse a citar el más recienteEducation at Glance o el volumen segundo del Informe PISA 2009, y a disparar oportunamente algunas cifras sobre la tasa de graduación en Suiza, la educación técnica australiana o los jardines infantiles de Polonia.
Todo esto como resultado de procesos rápidos de aprendizaje, casi a presión, junto con una escasa comprensión y verificación y, sobre todo, con completa ausencia del contexto nacional y la historia de los diferentes sistemas escolares.
Por mi parte, he asistido a varios festivales comparativos últimamente, donde se trata de cerrar una discusión -o de descolocar al contradictor- echando mano a algún artilugio del estilo: “Pero por favor, si hace rato que Chile está estancado en PISA”. O bien, “¿ignora usted acaso que Chile es el país educacionalmente más desigual del mundo, o el más pobre en conocimiento cívico, o aquel donde los alumnos menos leen por propia motivación?”. ¿Quién, sorprendido en ignorante falta, podría contradecir tan rotundos disparates?
La mayor de las falacias comparativas que circulan por ahí es que el sistema escolar chileno se hallaría en franco retroceso o, según los más moderados, inevitablemente estancado debido a su carácter mixto (con provisión público-privada). ¿Cuán cierto es esto? ¡Completamente falso! 
En efecto, según los datos de PISA 2012, y sin entrar aquí en detalles técnicos, Chile se encuentra entre los cinco países del mundo que más progresaron a partir del 2000 en los tres dominios cognitivos medidos: comprensión lectora, matemática y ciencia. Se ubica allí al lado de tres países de mayor tradición educacional y riqueza como son Latvia, Israel y Polonia, y de un país, Perú, que parte en el año 2000 de un piso definitivamente más bajo. ¡Esto en cuanto a mejoramiento de la calidad de oportunidades educacionales!
¿Qué decir, en tanto, de la capacidad inclusiva del sistema, en el sentido de hacer avanzar la escolarización promedio de toda la población? El indicador usado para este efecto son los años de escolarización de la población de 15 años de edad y más. En este caso, Chile muestra un indicador (10,17 años) que se sitúa próximo al del promedio de la OCDE (10, 79 años), siendo superado entre las economías emergentes solo por Rusia y Kazajstán, pero situándose por delante de Malasia, Polonia, África del Sur, Túnez, Turquía y de los demás países latinoamericanos.
Con lo dicho se viene abajo asimismo la falacia mayor: que la economía política y el paradigma organizacional del sistema chileno (su carácter mixto) lo condenarían a un mal desempeño y a resultados establemente mediocres, sin progreso posible.
Como acabamos de mostrar, la evidencia comparativa prueba precisamente lo contrario. Pero hay más: el desempeño y resultados de los demás sistemas escolares latinoamericanos, en particular de los países con un ingreso per cápita similar al chileno como Argentina, México y Uruguay, a pesar de no contar con regímenes mixtos de provisión (y no contener por lo mismo una fuerte provisión privada subsidiada por el Estado con presencia de proveedores privados de todo tipo, incluidos los denominados “con fines de lucro”) tienen claramente un rendimiento inferior al chileno, tanto en calidad de resultados como en inclusión.
De modo que no es la naturaleza del régimen de provisión lo que marca la diferencia. Al contrario, lo importante son factores como el nivel de desarrollo de los países, sus tradiciones institucionales y culturales, el gasto por alumno, la fortaleza de la profesión docente, la distribución social de oportunidades educacionales, la motivación de los estudiantes, los métodos pedagógicos empleados, la efectividad de la sala de clase, la atención temprana y el cuidado de los niños y otros factores que la literatura indica son cruciales para mejorar el desempeño de los sistemas nacionales de educación.

Saturday, November 1, 2014

WESTERN PROMISSES TO RUSSIA: BROKEN?

Put It in Writing

How the West Broke Its Promise to Moscow

by JOSHUA R. ITZKOWITZ SHIFRINSON (FOREIGN AFFAIRS, OCTOBER, 29, 2014) 

During negotiations over German reunification in 1990, did the United States promise the Soviet Union that NATO would not expand into eastern Europe? The answer remains subject to heated debate. Today, Moscow defends its invasion of Ukraine by claiming that NATO reneged on a promise to stay out of Russia’s backyard. Skeptics, meanwhile, counter that Russian claims are a pretext for aggression; in their view, Washington and its allies never formally committed to forego NATO expansion.
U.S. President George H. W. Bush and Soviet President Mikhail Gorbachev in Moscow, July 1991.
The skeptics are correct that the two sides never codified a deal on NATO’s future presence in the east. But they misinterpret the precise implications of negotiations that took place throughout 1990. After all, scholars and practitioners have long recognized that informal commitments count in world politics. This was particularly true during the Cold War: as the historian Marc Trachtenberg has shown, the Cold War settlement itself emerged from European, Soviet, and U.S. diplomatic initiatives in the late 1950s and 1960s that were not formalized until nearly a decade later.
However problematic its recent behavior, then, Moscow has reason to argue that the West broke a promise. As declassified U.S. documents show, the George H. W. Bush administration and its allies worked hard to convince Soviet leaders that Europe’s post–Cold War order would be mutually acceptable, as the Soviet Union would retrench and NATO would remain in place. Yet U.S. policymakers may not have intended to make this vision a reality. And although there are many reasons to criticize recent Russian behavior, Russia may not be lying when it claims that a promise was broken. In the end, the United States overturned the system it promised to bring about.
To understand the nature of Western guarantees, a brief timeline is in order. The story begins in the months after the fall of the Berlin Wall, as policymakers struggled to determine whether and how a divided Germany might reunify. By early 1990, U.S. and West German officials decided to seek reunification. Uncertain about whether the Soviets would be willing to withdraw from East Germany, they decided to offer a quid pro quo. 
On January 31, West German Foreign Minister Hans-Dietrich Genscher publicly declared that there would be “no expansion of NATO territory eastward” after reunification. Two days later, U.S. Secretary of State James Baker met with Genscher to discuss the plan. Although Baker did not publicly endorse Genscher’s plan, it served as the basis for subsequent meetings between Baker, Soviet President Mikhail Gorbachev, and Soviet Foreign Minister Eduard Shevardnadze. During these discussions, Baker repeatedly underlined the informal deal on the table, first telling Shevardnadze that NATO’s jurisdiction “would not move eastward” and later offering Gorbachev “assurances that there would be no extension of NATO’s current jurisdiction eastward.” When Gorbachev argued that “a broadening of the NATO zone” was “not acceptable,” Baker replied, “We agree with that.” Most explicit was a meeting with Shevardnadze on February 9, in which Baker, according to the declassified State Department transcript, promised “iron-clad guarantees that NATO’s jurisdiction or forces would not move eastward.” Hammering home the point, West German Chancellor Helmut Kohl advanced an identical pledge during meetings in Moscow the next day. 
At that point, it was easy to see the outline of a new strategic landscape coming into view: Germany would reunify, the Soviet Union would pull back, and NATO would halt in place. According to any ordinary sense of the term “east,” all of the countries to which NATO later expanded would have remained outside the Western orbit. As a diplomatic cable summarizing Baker’s meetings put it, “The Secretary made clear that the U.S. had supported the goal of [German] unification for years; that we supported a unified Germany within NATO, but that we were prepared to ensure that NATO’s military presence would not extend further eastward.” Moscow could readily infer that Soviet agreement to reunify Germany would be met by Western restraint. So when Soviet officials agreed to negotiations over German reunification, they likely thought they were accepting a clear quid pro quo.
Skeptics offer two arguments to challenge the notion that such a post–Cold War arrangement was ever implied. The first is that the February meetings have to be understood more narrowly, as Baker, Kohl, and company were focused solely on Germany’s future. Thus, the early February discussions constituted at best a limited pledge that NATO would not move into East Germany, rather than into eastern Europe writ large.
The second argument is more general: because Moscow did not explicitly accept the deal on the table, the reasoning goes, Western policymakers were free to revise their terms. And that is precisely what they did after the February meetings by offering East Germany a “special military status” within NATO. (East Germany’s special status ultimately came to mean that NATO forces would simply have to wait four years before moving in.) By March, however, there was no further talk of excluding NATO from eastern Europe; neither Western nor Soviet leaders broached the subject again. From this perspective, an agreement did not emerge until late 1990: Moscow accepted a reunified Germany under NATO, which, in turn, agreed to delay its move into East Germany. Contrary to Moscow’s claims, it was the Soviet failure to codify the February arrangement that make its allegations of a non-expansion pledge fallacious.
Both counterarguments are contestable. For one thing, Soviet and U.S. leaders were not naïve. They recognized that the two Germanies were crucial to both NATO and the Warsaw Pact. And they had long known that control of a united Germany would bring dominance in Europe. Even if the February meetings addressed only NATO’s role in East Germany, the U.S. offer was functionally the same as a promise not to expand NATO further east. Any sensible strategist could assume that if NATO did not move into the most important Soviet satellite, then it would not move further east into less important states. Giving East Germany a special military status did not change that logic; instead, it suggested that Western leaders were willing to tie their hands when it came to the Soviets’ most important ally.
What’s more, Washington worked throughout 1990 to reinforce the premise of the early February meetings, namely that Moscow would not be isolated and that Washington would not reign supreme. As the Bush administration recognized, fears of NATO encroachment, resurgent German power, a loss of prestige, and limited freedom of maneuver drove Soviet paranoia. As Baker succinctly put it, “The Soviet Union doesn’t want to look like losers [sic].” Western leaders thus advanced several initiatives to assuage Soviet concerns, including promises to expand the Conference on Security and Cooperation in Europe, limit military presence in Europe, and transform NATO into a more political organization. To Soviet leaders seeking, as Shevardnadze offered, “some guarantee of security against a background of development not only in Germany but development in Eastern Europe,” these offers looked like gifts. Even if East Germany joined NATO, the pledges provided new comfort. After all, if such interlocking agreements ensured that “both the US and the USSR [would] have their rightful place” in a “New Europe,” then NATO’s eastward expansion would be off the table.
In short, U.S. initiatives overtly played to Soviet interests. Analysts who argue that Moscow missed an opportunity to tie NATO’s hands or who see the negotiations centered narrowly on Germany miss the big picture. U.S. policy after February 1990 suggested that a mutually acceptable order would emerge—one that would keep NATO out of eastern Europe—to obtain a Soviet retreat.
It would be a stretch, however, to conclude that that Washington is guilty of duplicity and that Moscow’s recent actions in Ukraine are justified. In diplomacy, deals are only as good as they are enforceable. With Soviet power in decline by 1990, the United States had a strong incentive to roll back the Soviet presence from Europe and consolidate what the diplomat George Kennan called central Europe’s center “of industrial and military power.” Afterward, faced with a strategic vacuum in eastern Europe, Washington could be expected to view past promises as overtaken by events and NATO expansion as strategically necessary. This wasn’t duplicity—it was international politics as usual.
At the same time, Russian leaders may be telling the truth when they claim that Moscow’s actions in Ukraine are driven by insecurity and fear. NATO’s eastward march may have understandably left Russia feeling isolated, surrounded, and without reliable negotiating partners. No one foresaw the Ukrainian government falling to a revolution that had the sympathy of Western governments. Moscow’s response may be condemnable but should not be surprising. 
Since most of the proposed solutions to the Ukraine crisis depend on some form of Russian cooperation, policymakers should heed the core lesson of 1990: if Washington wants to reduce tensions with Moscow, it must meaningfully limit NATO’s eastern presence. To this end, NATO leaders should resist calls to beef up the alliance’s military role in eastern Europe and prepare for ongoing military competition with Russia. Only then can NATO provide Russia with credible assurances of its intentions. As in 1990, words will mean little without action.

LAST WEEK OF OCTOBER: TYPICAL TENSIONS OF THE COLD WAR

PRE-PRE-CANDIDATOS PRESIDENCIALES DE ESTADOS UNIDOS YA EN CARRERA

Los aspirantes a la presidencia de EE UU ponen a prueba su estrategia

Clinton y Paul preparan su candidatura en la actual campaña de las legislativas

 /  College Park (Maryland) / Wichita DIARIO EL PAIS, MADRID1 NOV 2014 - 02:21 CET

Ellos atraen los focos, aunque no se presenten. Son comparsas de los verdaderos candidatos a las elecciones del martes en Estados Unidos, pero en cada acto electoral se convierten en la estrella. A Barack Obama le quedan 27 meses en la Casa Blanca, pero los aspirantes a sucederle ya se preparan, y las legislativas son el último ensayo general antes de una campaña que empezará la misma mañana del miércoles 5 de noviembre.
Nadie ha anunciado su candidatura a las presidenciales de 2016. Pero todos los que contemplan presentarse —desde la demócrata Hillary Clinton al republicano Rand Paul— han viajado por Estados que pueden ser claves para alcanzar la presidencia y ayudan a políticos cuyo apoyo futuro puede resultar decisivo para colmar sus aspiraciones.
“Demos la bienvenida a la abuela de Charlotte”, dijo el jueves, en un mitin en College Park, cerca de Washington, Anthony Brown, candidato del Partido Demócrata al cargo de gobernador. Todos en la audiencia sabían quién es la abuela de la recién nacida Charlotte: Hillary Clinton, el motivo por el que un millar de estudiantes se congregó en un gimnasio de la Universidad de Maryland.

En los últimos días, Clinton, de 67 años, ha estado en Luisiana, en Iowa, en Kentucky, en New Hampshire. Viendo su agenda, parecería que es ella quien se presenta. No es falso del todo. No lo anunciará hasta principios de 2014, pero pocos en su partido, el demócrata, y en el republicano, dudan de que la ex primera dama, exsenadora y exsecretaria de Estado no quiera convertirse en la primera presidenta de EE UU. Lo intentó en 2008 y Obama la derrotó en las primarias del Partido Demócrata.Dos días antes, Randal Howard Paul se calzó sus botas vaqueras y luciendo su eterna chaqueta y corbata aterrizó en jet privado en un aeródromo de Wichita (Kansas) para prestar su voz al senador Pat Roberts, amenazado por un nombre nuevo en la escena política, el independiente Greg Orman. “Por el amor de Dios”, proclamó Paul ante una audiencia de jubilados, jóvenes tatuados hasta las cejas y mujeres con cinco y hasta siete hijos. “Aquí no se puede perder, sois el republicano Estado de Kansas”, les recordó el senador. Con pesar, a su lado, Roberts movía la cabeza.

El discurso en la Universidad de Maryland fue breve, un trámite antes de continuar la gira. No hay rastro de Hillarymanía, de una emoción colectiva comparable a la que rodeaba los discursos de Obama cuando, como Clinton ahora, preparaba su candidatura a la Casa Blanca ayudando a candidatos en las legislativas de 2006. Quedan sillas vacías en el auditorio. Y en tres ocasiones activistas por los derechos de los inmigrantes interrumpen las palabras de la veterana política. La policía los desaloja.
Los problemas que la candidatura de Hillary Clinton puede afrontar en su carrera a la Casa Blanca se perfilan: la indefinición en cuestiones esenciales para las bases demócratas, como la inmigración, el déficit de entusiasmo por una figura que ya dominaba la política de EE UU hace 20 años, y una tendencia a adecuar el mensaje al público, la famosa triangulación que siempre se ha reprochado a los Clinton. 
Rand Paul, senador por Kentucky, ha pisado 30 Estados en los últimos 12 meses, aportando un inmenso grano de arena para que los republicanos se alcen con el Senado en las elecciones de medio mandato. Este oftalmólogo de 51 años, elegido durante el paso arrollador del Tea Party en 2010, ha lanzado, en la recta final de la campaña, lo que se conoce como un PAC (Comité de Acción Política) para apoyar con anuncios a senadores que pasan apuros a la hora de ser reelegidos en Kansas, Iowa o Carolina del Norte. No es altruismo, sino una inversión en futuro.
Pero en todos estos meses, semanas y días de no campaña, hay momentos de confrontación real entre los aspirantes al título de presidente. En Wichita, Rand Paul se burló de Hillary Clinton a cuenta de un comentario de la exsecretaria de Estado en el que dijo que las corporaciones y los negocios no creaban empleos. “Hillary Clinton viene y nos dice que las empresas no crean puestos de trabajo”, dijo el senador con su voz suave y su tono paciente. “¿Alguno de los que estáis aquí cree que las empresas no crean trabajo?”, interrogó Paul a su audiencia.
Por mucho que Paul diga que anunciará la próxima primavera si es candidato republicano a la presidencia de la primera potencia, ese día, el martes 28 de octubre, el senador por Kentucky dio el primer paso para ocupar la Casa Blanca en 2016.
Tampoco a Hillary Clinton se le habría perdido nada en una tarde nublada de otoño en un gimnasio medio vacío de Maryland si sus planes se limitasen a disfrutar de la jubilación con su única nieta, Charlotte.
Porque un candidato no se hace ganador de la noche a la mañana. Un candidato que quiera ganar cultiva el campo, mima a las bases, se desvive por los que algún día podrán devolverle el favor. Regla número uno de todo candidato con la cabeza en 2016: se moverá de Estado en Estado como un saltamontes y pondrá especial énfasis en aupar a aquellos que se juegan el puesto. Sabe que a la vuelta del tiempo, serán los más agradecidos.

Otros pretendientes en la carretera

Todos circunvalan la pregunta o simplemente dicen que no tienen planes para ser candidatos en 2016. Sus acciones, sin embargo, dicen otra cosa. Visitas a Iowa —el granero de los caucus—; a New Hampshire; actos en apoyo de candidatos que necesitan una mano amiga que los saque al estrado. Cualquiera que esté pensando en ser candidato a la presidencia de Estados Unidos comienza por estas fechas a tocar base entre sus eventuales activistas, donantes y futuros votantes.
Por eso, que el Gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, haya viajado a Florida —para apoyar a Rick Scott— o a Illinois —lo mismo para Bruce Rauner— tiene una lectura en clave de 2016. Christie es un posible contendiente republicano. Como lo es Jeb Bush —que pretende huir de la idea de la perpetuación de una saga en el poder— y Ted Cruz, el animal político favorito del Tea Party. Incluso Mitt Romney, sí, el multimillonario al que costó tiempo reconocer la derrota frente a Barack Obama en la noche electoral de 2012.
La traslación es la misma en el campo demócrata, solo que aquí la gravitación constante de Hillary Clinton hace menos visible a futuros contendientes demócratas a la Casa Blanca. Elizabeth Warren, la gran dama de la izquierda norteamericana, dice siempre que se le pregunta que no tiene planes para 2016. Y sin embargo, se ha sumado a la gira en la carretera para ir hasta Kentucky o viajar a New Hampshire para apoyar a Jeanne Shaheen. El gobernador de Maryland, Martin O’Malley, también ha prestado su hombro para empujar la causa de Shaheen.
Y por supuesto, Joe Biden. El vicepresidente que ya fue candidato cuando tanto él como Clinton cayeron derrotados ante un casi novato senador por Illinois en 2008.