Wednesday, November 5, 2014

DE EL DEPENDE, POR SU MODERACION SOBRE LOS EXTREMISTAS DEL TEA PARTY

Mitch McConnell, el republicano que quiere marcar el ritmo del Senado

El aspirante a liderar la mayoría republicana promete una actitud “responsable”, pero deberá controlar a los más radicales de su partido

 Washington DIARIO EL PAIS , MADRID5 NOV 2014 - 05:56 CET

Para Mitch McConnell, la diferencia entre ser el líder de la minoría en el Senado como los últimos cuatro años y pasar a convertirse en el jefe de la mayoría en la cámara recién recuperada por su Partido Republicano, es como la de entrenar a un equipo de fútbol americano: “Como líder de la minoría, eres el entrenador defensivo. Y es más difícil marcar puntos desde la defensa. Por el contrario, el entrenador de delanteros decide las jugadas y tiene más posibilidades de sumar puntos”, explicaba en uno de sus últimos mítines.
La victoria republicana del martes en las elecciones legislativas de Estados Unidos le abre las puertas al veterano senador por Kentucky a cumplir, a sus 72 años, “el sueño de su vida”, como lo describe el profesor de Historia de American University Allan Lichtman.
“Siempre ha querido ser el líder de la mayoría y esto sería el cumplimiento de ese deseo”, coincide Judd Gregg, el ex senador republicano de New Hampshire reconvertido en columnista del diario especializado en el Congreso The Hill
The New York Times contaba el fin de semana que un alto miembro del Partido Republicano, viendo las cifras de intención de voto, le llamó ya para decirle que sería el próximo líder de la mayoría, y que la primera reacción de McConnell fue “una larga pausa”.
Y es que el camino no ha sido fácil. Hasta hace no tanto el republicano, un veterano de los pasillos del Senado al que fue elegido por primera vez hace exactamente 30 años, en 1984, parecía que podía perderlo todo en estas elecciones frente a su rival demócrata, Alison Lundergan Grimes.
Una intensa y costosa campaña -se gastó 55 millones de dólares- le permitieron a McConnell revivir su sueño pese a que jamás fue un político enormemente popular en su propio Estado.
Pero el objetivo tanto tiempo acariciado podría acabar convirtiéndose pronto en una pesadilla.
La recuperación del Senado le da al Partido Republicano el control completo del Congreso, lo que aumenta la presión para que los conservadores demuestren que pueden gobernar, sobre todo cuandoya ha comenzado inoficialmente la campaña para la próxima batalla: la de la Casa Blanca en 2016.
Además, como jefe de la mayoría en la Cámara Alta, McConnell será en buena parte responsable de demostrar que un partido que durante el mandato del demócrata Barack Obama ha basado su estrategia en tratar de obstruir sus iniciativas, también es capaz de sacar proyectos adelante.
Para ello, la misma noche del martes lanzó el primer cable al presidente demócrata.
“Tenemos la obligación de trabajar juntos en las cosas en las que podemos lograr un acuerdo. Creo que es un deber, porque el hecho de que tengamos un sistema de dos partidos no significa que tengamos estar en perpetuo conflicto”, dijo en su discurso de victoria.
Los problemas sin embargo podrían no estar en primera línea en la Casa Blanca y las amenazas de Obama de hacer un mayor uso de sus poderes ejecutivos, sino entre las propias filas republicanas del Capitolio.
Algunos de los legisladores más conservadores del Tea Party, de los que el senador por Texas Ted Cruz es una de sus cabezas más visibles, ya lo han criticado por decir que prefiere abordar pequeñas reformas en vez de iniciar grandes batallas.
Para el profesor Lichtman, esto promete convertirse en una “gran batalla en el seno del Partido Republicano”.
“De un lado van a estar los Mitch McConnells, políticos pragmáticos y no ideológicos que van a buscar pequeñas victorias, como revocar alguna parte de la reforma sanitaria (de Obama) o conseguir pequeños recortes de impuestos, que no van a darle una vuelta radical al país”, señala Lichtman.
“Y del otro están los republicanos más ideológicos como Ted Cruz, que dicen que no merece la pena hacerse con el Senado si no se va a a lo grande y se intenta una revisión total” de la política del país, agrega.
McConnell, que según quienes lo conocen bien no tiene amigos ni dentro de su propio partido, podría sin embargo contar con una inesperada ventaja. Según el periodista Alec MacGillis, autor de una reciente biografía del senador con el poco halagador título de “El Cínico”, ésta radica en que su ambición política empieza y acaba en el Senado, con lo que no se juega nada más en su carrera.
Ser el líder de la mayoría en el Senado “es lo único que siempre ha querido, al contrario que los otros 98 senadores, que piensan que algún día podrían convertirse en presidentes”, aseguraba MacGillishace poco en una entrevista. “Su utopía es un gobierno en el que él sea el líder de la mayoría en el Senado. Y punto”.

REPUBLICANOS TAMBIEN GANARON EN GOBERNADORES

La crecida republicana arrasa en la batalla de los gobernadores

Los demócratas ceden al menos cuatro Estados en un retroceso sin paliativos

 Nueva York DIARIO EL PAIS, MADRID5 NOV 2014 - 07:27 CET

La crecida conservadora en Estados Unidos  arrasó este martes a los demócratas en las elecciones a Gobernador, un territorio en el que tenían alguna esperanza de aliviar una noche fatídica. No fue así. Pasada la medianoche, el partido de Obama había cedido hasta cuatro Estados de los 14 que defendía (Arkansas, Illinois, Massachusetts y Maryland). En Colorado, otro de los Estados indecisos, con el escrutinio por concluir el candidato demócrata había recuperado una cierta ventaja, lo que le permitiría ser reelegido.
Los republicanos, que defendían 24 plazas, sólo cedieron Pensilvania, a la espera del resultado en Alaska, donde un independiente plantaba cara al Gobernador conservador. El destrozo padecido por los demócratas y el éxito de sus rivales ofrece muchas lecturas para la carrera que se abre ahora en Estados Unidos: la de la presidencia en 2016.
La temprana victoria de Tom Wolfe en Pensilvania sobre el republicano Tom Corbett, que aspiraba a la reelección, hizo albergar esperanzas, pero fue un efímero botín ante la pérdida de plazas tan relevantes como Illinois o Maryland, entre otras. Antes del 4-N, los republicanos poseían 29 gobernadores por 21 los demócratas. Tras la noche electoral, la brecha se ha ampliado, a la espera de los resultados definitivos.
Un total de 19 gobernadores republicanos aspiraban a la reelección (los otros tres eran candidatos nuevos). Lo consiguieron 17. En el bando demócrata, nueve aspiraban a algo similar. Sólo lo lograron cinco, a la espera de Colorado. Como detalle relevante, las mujeres se hicieron fuertes en los puestos de Gobernadoras: las cuatro que buscaban la reelección lo lograron, entre ellas Susana Martínez, republicana de Nuevo México.En trece Estados en los que la batalla era incierta (Florida, Georgia, Connecticut, Illinois, Kansas, Massachusetts, Maine, Michigan, Rhode Island, Maryland, Colorado, Wisconsin y Alaska), los republicanos se hicieron con al menos nueve. Sólo Rhode Island y Connecticut (al cierre de esta edición el escrutinio no había concluido) resistieron con el color azul.
El lastre que ha supuesto un desgastado Obama también pesó en la carrera por las Gobiernos de los Estados, además de la economía y la sensación de que la recuperación no acaba de llegar al bolsillo de los estadounidenses, según un sondeo a pie de urna de Edison Research sobre las principales preocupaciones de los votantes. Las lecturas sobre lo que estos resultados suponen para la carrera presidencial no se harán esperar. Cada Estado ofrece análisis interesantes.
Entre los contendientes victoriosos destaca el republicano Scott Walker, gobernador de Wisconsin que aspiraba a un segundo mandato. Favorito presidenciable de los sectores más conservadores y del Tea Party por sus ideas sobre el aborto, sus enfrentamientos con los trabajadores públicos y sus restrictivas medidas para ejercer el voto, Walker afrontaba un duelo difícil contra la demócrata Mary Burke. Su popularidad había caído y las encuestas pronosticaban un empate técnico. Sin embargo, Walker se impuso al final por ocho puntos de diferencia
Walker no es el único Gobernador aupado al poder con la oleada conservadora de 2010 que tuvo que emplearse a fondo para ganar. Es el caso de Sam Brownback en Kansas. Los sondeos no apostaban por él, sino por el demócrata Paul Davis. Brownback había perdido mucho tirón electoral con un programa económico que había rebajado la calificación de la deuda de Kansas. Sin embargo, ayer recibió un importante aval con su apurada victoria.
Florida fue uno de los Estados donde la batalla fue más enconada. Finalmente se impuso por escaso margen, apenas un punto, el gobernador republicano Rick Scott, que tuvo que superar una creciente impopularidad por sus medidas contra el aborto y un recorte de presupuestos, entre otras. Enfrente tuvo a Charles Crist, exgobernador republicano del Estado reconvertido en demócrata que aspiraba a dar a su nuevo partido la primera victoria en 20 años. Ambos se habían empleado a fondo con ataques sin tregua y un gasto electoral de casi 100 millones de dólares entre los dos.
Demócratas y republicanos se jugaban mucho en Florida de cara a la lucha por la Casa Blanca de 2016. Tanto era así que Scott y Crist colocaron cientos de supervisores en las mesas electorales ante la previsión de un escrutinio ajustado. La tensión no cedió en ningún momento. Durante la jornada de votación, Crist pidió a un juez que alargara el horario de voto ante los problemas habidos en algunos condados. Su reclamación fue rechazada.
En Pensilvania, sin embargo, el gobernador Tom Corbett cayó por deméritos propios y por el buen trabajo del demócrata Thomas Wolfe, uno de los pocos que se dejó acompañar en la campaña por Obama. Buena parte de la impopularidad de Corbett viene del recorte que dio a los fondos educativos, lo que perjudicó a las familias más pobres. Pensilvania es el Estado número 45 de la Unión en cuanto a presupuesto para Educación. Wolfe, además, prometió subir el salario mínimo.
En Michigan, el republicano Rick Snyder se sobrepuso al tirón final del demócrata Mark Schauer, que fue limando la distancia con su oponente en los días previos a la elección. Snyder, que ha tenido la enemiga de los sindicatos tras recortar la financiación pública de estos, salió airoso y mantuvo el puesto. A su favor, que no opuso la resistencia de otros Estados a recibir financiación para la reforma sanitaria de Obama.
En Nueva York, Andrew Cuomo aplastó al conservador Rob Astorino. La campaña del Gobernador demócrata, basada en una ambiciosa agenda social (igualdad de salarios para las mujeres, más protección a la legislación para el aborto y los matrimonios homosexuales) y sus logros económicos fue insuperable para un candidato que no logró quitarse de encima la etiqueta de ultraconservador. El holgado triunfo de Cuomo, en contraste con el desastre de su partido, sin duda le otorga una imagen nueva de cara a empresas mayores.
Los resultados de ayer suponen un empujón importante también para Chris Christie, uno de los Gobernadores que no concurrió este martes a las elecciones, pero que, sin embargo, estuvo muy pendiente de ellas. Como presidente de los Gobernadores republicanos, Christie se ha volcado estas semanas en apoyar a sus compañeros, viajando de Estado en Estado. Tras el éxito en plazas como Florida, Michigan, Wisconsin, Illinois, Maryland o Arkansas, las credenciales del Gobernador de Nueva Jersey han subido como la espuma.
No menos interesante fue lo sucedido en los seis Estados de Nueva Inglaterra (Maine, Vermont, New Hampshire, Massachusetts, Connecticut y Rhode Island), tradicional bastión demócrata, donde se presentaban nuevos rostros. Los republicanos conservaron Maine con el ultraconservador Paul LePage. Los demócratas, por el contrario, perdieron Massachusetts ante el republicano Charlie Baker, que defiende el aborto y los matrimonios homosexuales. Sin duda, la caída de este Estado fue una de las peores noticias de la noche para el bando de Obama. En Rhode Island se impuso la demócrata Gina Raimondo sobre Allan Fung. En New Hampshire, Maggie Hassan hizo lo propio ante el conservador Walt Havenstein.
En Connecticut, el duelo entre el gobernador Dan Malloy y el republicano Tom Foley se anunciaba apretado, y lo fue. En 2010, Foley perdió por solo 6.500 votos. Hombre de negocios y antiguo embajador en Irlanda, el candidato conservador había centrado su campaña en la economía, mientras que su rival, el actual Gobernador, le había pintado como un hombre alejado de las clases medias y trabajadoras. Estaba por ver si habría desquite. Al cierre de esta edición quedaban papeletas por escrutar, pero Malloy llevaba ventaja suficiente.
En Vermont, otro Estado demócrata, será la Asamblea estatal la que resuelva el puesto de Gobernador al no alcanzar ninguno de los candidatos una mayoría suficiente.
Los republicanos, como no podía ser de otra manera, ganaron sin problemas en sus Estados tradicionales: Alabama, Ohio, Texas, Oklahoma, Dakota del Sur, Tennessee, Nuevo México, Nebraska, Wyomingh, Nevada y Iowa. Los demócratas llevaban pasada la medianoche una clara ventaja en California.

Tuesday, November 4, 2014

RUSSIA`S MILITARY IS BACK

A million men under arms. Thousands of new tanks and planes. A hundred new satellites. Next-generation weapons. Inside Vladimir Putin's $755 billion plan to restore Russian might.
One of the distinguishing characteristics of Vladimir Putin’s presidency has been his commitment to revitalizing Russia’s military. Putin, who has noted that Russia’s perceived weakness makes it vulnerable to external pressure and internal disruption, is pushing for increased funding to transform the Russian armed forces from the debilitated remnants inherited from the old Soviet superpower military machine into a smaller, but more modern, mobile, technologically advanced and capable twenty-first century force.
Earlier this year, in an address delivered on the day devoted to the “defenders of the Fatherland,” the Russian president proclaimed: “Ensuring Russia has a reliable military force is the priority of our state policy. Unfortunately, the present world is far from being peaceful and safe. Long obsolete conflicts are being joined by new, but no less difficult, ones. Instability is growing in vast regions of the world.”
This is not empty talk. The rhetoric has been matched by a concurrent allocation of resources; Russia is now engaged in its largest military buildup since the collapse of the Soviet Union more than two decades ago, with major increases in defense spending budgeted each year to 2020. Putin has pushed for this program even over the objections of some within the Kremlin who worried about costs and the possible negative impact on Russian prosperity; opposition to the expansion of military spending was one of the reasons the long-serving Finance Minister Aleksei Kudrin left the cabinet two years ago.
The rest of the world is taking notice.
After years of thinking of Russia as “Upper Volta with missiles”—a nation which possessed a sizeable strategic nuclear stockpile but whose conventional forces had not particularly covered themselves with glory in their post-Soviet operations—Russian plans for military reform and rearmament have generated some concern, particularly in the U.S. national-security establishment, which had assumed that Russia would not be in a position to project much power across its borders. The resumption of bomber patrols in the Atlantic and Pacific oceans, the dispatch of task forces (particularly to the Caribbean), the 2008 campaign against Georgia, and the growing size and sophistication of the yearly joint maneuvers with the Chinese army and navy have all worked to resurrect the image of Russia as a military threat. Justification for U.S. defense expenditures, which previously focused largely on increases in Chinese spending, now take into account Russia’s military buildup as well.
Perusing budget reports and position papers, Russian plans—spearheaded by the Defense Minister Sergei Shoigu and Dmitry Rogozin, the deputy prime minister in charge of the defense industry—certainly look impressive—and ominous. If, only a few years ago, the shipbuilding budget for the Russian navy was less than 10 percent of the U.S. Navy, the Russians have now closed the gap and the Russians are, in terms of budgetary outlays, spending about half of what will be allocated to the U.S. Navy for new ship construction. By 2020, the Russian army will be structured around combat-ready and easily deployable brigades, with a goal of having those forces be at least 70 percent equipped with next-generation weaponry and equipment. If all goes according to plan, the Russian military, by 2020, will return to a million active-duty personnel, backed up by 2300 new tanks, some 1200 new helicopters and planes, with a navy fielding fifty new surface ships and twenty-eight submarines, with one hundred new satellites designed to augment Russia’s communications, command and control capabilities. Putin has committed to spending some $755 billion over the next decade to fulfill these requirements.
And a growing number of Russians support the military buildup. A Levada Center poll found that 46 percent of Russians were in favor of increasing military spending even if it led to an economic slowdown (versus 41 percent opposed if defense increases caused economic hardship). This is in part due to a growing fear that Russia’s vast natural resource endowment, particularly in the Arctic, is vulnerable if the country lacks the means to protect it. Rogozin himself has continuously warned that without a modern military force, Russia is liable to be “looted” in the future.
Yet there is often a noticeable gap between declared Russian intentions and executable results. To what extent are these ambitious goals realizable?
Some observers have been prepared to write off these plans as Potemkin posturing—or new and creative ways to transfer more of Russia’s state funds into private hands through creative, corrupt schemes. Certainly, any expansion of the military budget represents enormous opportunities for graft. But it would be a mistake to dismiss the clear evidence that this buildup is restoring capabilities to the Russian armed forces that had been lost after the collapse of the Soviet Union. In the last eighteen months, Russia conducted military exercises on a scale not seen since the end of the Cold War (such as the recently concluded military trials in the Far East). While still highlighting problems with command and control systems and with equipment, these nonetheless have also demonstrated that the reforms are starting to have an impact, and that Russia is capable of fielding a more mobile, effective force.
This concerns NATO a great deal. The North Atlantic alliance’s ability to conduct “out-of-area” operations, combined with the decision by most European countries to significantly reduce their defense spending, was predicated on an assumption that Russia no longer poses a threat. While no one is anticipating Russian tanks again poised to rush through the Fulda Gap, the American expectation that Europe could become a “security exporter” to other, more troubled parts of the world must now be revisited, since Russia is effectively reversing its “disarmed” condition of the 1990s upon which such calculations were based.
At the same time, however, the buildup will not be smooth sailing for the Russian government.
The first issue is whether Russia’s defense industry can actually produce the tools called for in the new defense strategy. Dmitry Gorenburg of the Center for Naval Analyses has noted that the plans released by the Ministry of Defense rely on overly optimistic assessments of how quickly Russian factories and shipyards can turn out new equipment—assuming that there will be no delays, technical or design problems, or bottlenecks. Design problems have already forced a two-year delay in implementing a state procurement order for thirty-seven Su-35 aircraft, which will not be fulfilled until 2016. Gorenburg and other experts argue that it is highly unlikely that the buildup will come close to meeting the stated targets.
Moreover, the Russian military-industrial complex is far from achieving a “zero-defects” standard when it comes to producing equipment. A string of missile failures (particularly with the Bulava submarine-launched ballistic missile), delays in releasing new ships (or in getting the retrofitted aircraft carrierAdmiral Gorshkov/Vikramaditya ready for service in the Indian Navy), and issues with quality control in vehicles have all raised questions about the reliability of Russian-made military products.
There is also real concern about the health of Russia’s research and development sector and whether or not Russia can indigenously produce many of the technologies needed to produce fifth-generation weapons systems. Former defense minister Anatoly Serdyukov strongly resisted pressure to simply order slightly-newer variants of older, Soviet-era equipment, even though Russian industries were lobbying for increased state orders, and sought to import defense items from abroad, including drones from Israel, the Iveco light multirole vehicles from Italy, and the Mistral amphibious assault ships from France, as a way to equip the Russian military with newer technologies that could not be produced by domestic sources. (Finding ways to license or reverse-engineer foreign military technology will be one of the Russian defense industry’s major tasks in the coming decade). Discontent with Serdyukov’s willingness to turn to foreign suppliers, however, was one of the contributing factors in his removal as defense minister last year.
Serdyukov also attempted to reform the manpower structure of the Russian military, again arousing significant opposition by his efforts to reduce the size of the officer corps (especially the number of general and flag officers) and to push the Russian military away from reliance on the draft towards the development of a volunteer, professional force. But announced plans to increase the size of the standing army run up against Russia’s demographic realities. Russia has a labor shortage; the recovery of the Russian economy has diminished the surplus pool of excess labor that in years past would have been absorbed by the draft. Between deferments and the increase in health problems among some segments of the Russian population, some 60 percent of the draft-age population of young males is now ineligible for service. Efforts to make contract service more appealing (following some of the reforms undertaken in the United States in the shift to an all-volunteer force back in the 1970s) have had some successes, but while the Russian military has announced it will create forty new brigades (to augment the some seventy brigades already in existence) by 2020, it must also deal with the reality that many existing units are 25 percent or so understrength. Shoigu must continue reforms of how the Russian military recruits (and treats) its personnel—the compulsory draft and the harsh conditions created by the so-called dedovshchina system (the hazing of new recruits by their non-commissioned officers and other superiors) do not lend themselves to creating a more professional military force capable of attracting and retaining volunteers. The amount that must be spent—on increased salaries, perks and incentives—to attract more Russians to contract service may also be more than what the defense establishment is willing to pay.
Much will depend on several factors. The first is whether the Russian treasury will hang on to the same expected level of funds from the export of oil and natural gas to support the military transformation; any major collapse in the price of energy imperils these plans. The second is whether the Russian defense industry can become more agile and adaptive. Will they use increases in state spending to successfully unveil new products? This will be important not only to fulfill Putin’s requirements but also to retain Russia’s traditionally lucrative overseas markets for sales of military goods. Russia will lose its competitive edge not only to American and European competitors but also to Chinese firms if it cannot keep pace with newer developments in defense technology. A third point is whether the Russian military can obtain the manpower it needs, whether by offering better terms of contract service or being permitted to recruit among Russian-speaking populations elsewhere in the former Soviet Union.
But even if the Defense Ministry’s ambitious targets for how many personnel it expects to have under arms and the quantity of advanced equipment it hopes to field are not met in full, the Russian military is growing stronger. Russia may not be in a position to directly challenge the United States—whose spending still far outstrips that of Moscow’s—but given other regional trends, especially in Europe, it is restoring its conventional capabilities to back up claims to great power status. Whether the newfound confidence that results will make Russia more cooperative or obstructionist in the international arena is an open question.
Nikolas K. Gvosdev, a senior editor at The National Interest, is a professor of national-security studies at the U.S. Naval War College. The views expressed are entirely his own.
Image: Wikimedia Commons.

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