Monday, March 2, 2015

LA LUCHA POR LA ALDEA DE SADDAM HUSSEIN

Ofensiva iraquí para retomar Tikrit de manos del Estado Islámico

La operación constituye una prueba de la capacidad para reconquistar Mosul

Dubái, DIARIO EL PAIS, MADRID,   2 MAR 2015


Las fuerzas gubernamentales iraquíes han iniciado la ofensiva para recuperar Tikrit de manos del Estado Islámico (EI), según ha anunciado este lunes Al Iraqiya, la televisión estatal. La operación es altamente simbólica ya que se trata del lugar natal del ejecutado Saddam Husein. Además, su desarrollo constituye una prueba de la preparación de las tropas para el eventual avance sobre Mosul, la tercera ciudad del país situada unos 200 kilómetros al norte.
Varios miles de soldados, milicianos chiíes y miembros de tribus suníes se han concentrado en los alrededores de Samarra, a 130 kilómetros de Bagdad, desde donde se ha preparado el asalto. Se espera que cuenten además con el apoyo aéreo de Estados Unidos, ya que el combate no va a ser fácil. Los yihadistas se han atrincherado y si la experiencia de los últimos meses sirve de algo, las tropas saben que van a afrontar una dura resistencia, además de ataques suicidas y trampas explosivas.
“Aunque con anterioridad [las tropas] han bombardeado con artillería y ha habido escaramuzas en los alrededores de Tikrit, ésta parece la ofensiva [terrestre] para recuperar la ciudad”, interpreta Sinan Adnan, del Institute for the Study of War.
La importancia la operación ha hecho que el primer ministro, Haider al Abadi, se traslade personalmente hasta el cuartel de mando en Samarra. Allí se reunió anoche con los responsables militares y prometió “liberar [la provincia] de la tiranía de los terroristas”.
Toda la provincia de Saladino, de la que Tikrit es la capital, ha sido un foco de insurgencia desde que la intervención estadounidense derribó a Saddam en 2003. El dictador había nacido en Awja, una aldea de las afueras de esa ciudad donde se encuentra el núcleo de su clan. Además, el año pasado, tras la caída de Mosul, se produjo allí una de las matanzas más sonadas de miembros de las fuerzas de seguridad. Los yihadistas aseguraron haber matado a 1.700 soldados secuestrados en el cercano Camp Speicher.
Si bien la cifra nunca ha sido confirmada oficialmente, el asunto generó un gran malestar público, sobre todo entre la comunidad chií, a la que pertenecían la mayoría de los militares asesinados a sangre fría. De ahí que las milicias de esa confesión se encuentren especialmente motivadas para la ofensiva de Tikrit.
Pero el empeño no es puramente confesional. Las huestes del EI han alienado a todas las comunidades. Tal como recuerda Adnan, en la vecindad de Tikrit desalojaron a la tribu de los Jubur, una de las mayores de Irak, de varias comarcas, incluida la de Alam, una de las primeras en mostrar resistencia al avance de los yihadistas. De ahí, que la ofensiva cuente también con una representación siquiera simbólica de fuerzas suníes.

Sunday, March 1, 2015

LA USINA DE LA ELITE FRANCESA


Así se fabrica un presidente de Francia

Tres jefes de Estado, seis primeros ministros y los responsables de las mayores empresas francesas han pasado por la Ècole Nationale d’Administration.

Aquí ha educado Francia desde 1945 a sus élites, desde el actual presidente de la República, François Hollande, hasta miles de altos funcionarios.

Entramos en la ENA, un prestigioso club que nutre de talento a la quinta potencia mundial y al que también acceden los extranjeros más brillantes.


, DIARIO EL PAIS, MADRID, EL PAIS SEMANAL, 18 DE FEBRERO DE 2015.



El proyecto de conocer la Ècole Nationale d’Administration por dentro impone respeto. Conocer la vida pública de Francia lleva irremediablemente a un calificativo de nuevo cuño: enarca. El diccionario de la Real Academia Española no reconoce el término, pero la enciclopedia libre Wikipedia, por supuesto, sí: “Enarca es un alumno o antiguo alumno de la Ècole Nationale d’Administration, la ENA”.
El listado de los enarcas es apabullante. El actual presidente de la República, François Hollande, es un enarca. Los exjefes del Estado Jacques Chirac y Valéry Giscard d’Estaing también lo son. No hace falta pasar por la ENA para alcanzar la cúspide del poder, pero la excepción de Nicolas Sarkozy hizo reflexionar en 2007 a los medios acerca de si la vida política francesa estaba cambiando de estilo. Hollande, en 2012, volvió a poner las cosas en su sitio.
Del presidente hacia abajo, los enarcas han dirigido los destinos de Francia, la quinta potencia mundial y en la que España se ha mirado siempre para construir su aparato ­administrativo. A modo de aperitivo, aquí van algunos nombres ilustres: los ex primeros ministros Alain Juppé, Lionel Jospin, Laurent Fabius (hoy ministro de Exteriores), Edouard Balladur o Michel Rocard. En la lista hay multitud de ministros. Entre ellos, actualmente en el cargo, Emmanuel Macron (Economía), Michel Sapin (Finanzas), Fleur Pellerin (Cultura) y Ségolène Royal (Ecología). Enarca es el actual comisario europeo francés, Pierre Moscovici, así como Jean-Claude Trichet (expresidente del BCE), los exdirectores del FMI Jacques de Larosière y Michel Camdessus, y el presidente del Banco de Francia Christian Noyer.
Hay muchos políticos que no han pasado por la ENA. La institución privada Science Po es otro importante granero de pensadores y administradores de la cosa pública, por ejemplo, pero no haber logrado entrar en la ENA es en Francia un desdoro que algunos no perdonan. El nombramiento, en agosto pasado, como ministra de Educación de Najat Vallaud-Belkacem formó un importante revuelo en las capas más recalcitrantes de la sociedad francesa. A sus defectos de ser joven, feminista y musulmana (nació en Marruecos) le añadieron la tacha de no ser enarca. El machismo impregna las críticas recordando, por contraste, que su marido, Boris Vallaud, sí había logrado entrar en la ENA. Ahora, este alto funcionario es secretario general adjunto en el palacio del presidente de la República, el Elíseo.
Somos como caballos de carreras. Nos cuidan mucho, pero tenemos que rendir”
Puede que en otros tiempos ser enarca no supusiera disponer del pasaporte dorado para entrar en el Olimpo del poder. Hoy, con Hollande, el Elíseo es el centro de operaciones de un nutrido grupo de viejos alumnos de la ENA: Jean-Pierre Jouyet, secretario general (también lo fue con Sarkozy); Thierry Lataste, su director de gabinete; Constance Rivière, directora general adjunta de dicho gabinete; Gaspard Gantzer, consejero de comunicación; Jacques Audibert, consejero diplomático, y el ya mencionado Boris Vallaud.
La fama precede, en fin, a una institución cuyo cuartel general fue trasladado a Estrasburgo hace 22 años. En esta bellísima ciudad alsaciana, declarada patrimonio de la humanidad, muy próxima a la frontera con Alemania, hay otras instituciones muy acordes con la ENA. Está, por ejemplo, la impresionante sede del Parlamento Europeo (su gemela se halla en Bruselas), la sede del Tribunal Europeo de Derechos Humanos y ARTE, la cadena de televisión franco-alemana, una excepción de intelectualidad en el panorama audiovisual. Estrasburgo es la única ciudad de Francia capaz de competir con París en el terreno cultural y educativo con casi 60.000 estudiantes universitarios, teatro, orquesta y ópera. Es el marco ideal para los flamantes enarcas.
La primera sorpresa es, sin embargo, la de comprobar que la sede de la ENA es más bien modesta. Enclavada a orillas del Rin, el edificio es una antigua cárcel reformada que, por obras, ni siquiera dispone ahora de biblioteca. Las aulas son pequeñas; el mobiliario, sencillo. El ambiente, casi nulo. Concertada la cita de EL PAÍS desde hacía un mes (en medio se interpusieron las vacaciones de Navidad y el cambio de ciclo académico), los alumnos están en estos días de enero revisando sus pruebas en pequeños grupos y los directivos de la escuela no quieren que se les moleste.
La cafetería, donde no se sirven comidas, solo bocadillos, refrescos, chocolatinas y cafés, está desierta. Este no es un lugar muy fotogénico, especialmente cuando el gélido frío del invierno reduce los círculos de amigos en el patio de la escuela. La encargada de prensa asegura que algunos de los enarcas extranjeros están dispuestos a hablar con los periodistas. Los franceses no responden a la invitación de hacerlo. Desentrañar los secretos del éxito de una institución como esta parece tarea complicada.
Interior de la Écola Nationale d'Adminsitration. En sus paredes cuelgan fotografías de todas las promociones que por allí han pasado, personalidades de la política y el mundo empresarial francés. / Gorka Lejarcegi
La mayoría de los alumnos, de hecho, no se hallan hoy en la escuela. Están participando en un debate sobre finanzas europeas. En efecto, el imponente hemiciclo está repleto de gente joven. Los escaños los ocupan 1.200 alumnos. Los de la ENA están mezclados con los de la Sorbona y la Escuela de Comercio de París. La sesión la preside la eurodiputada conservadora Anne Sander junto a un nutrido grupo de funcionarios comunitarios, y los participantes hablan del plan Juncker para fomentar el crecimiento en Europa. Como colofón, suena el himno europeo, la Novena de Beethoven, y a renglón seguido, Primavera, de Ludovico Einaudi. Muchos salen del hemiciclo con el brazo en alto, el móvil en la mano, el programa Shazam activado para identificar la pieza.
Parte del secreto de la ENA es esa cercanía con las instituciones, con los funcionarios de alto rango y con los políticos. El resto es una tarea en la sombra, un duro trabajo del que da cuenta uno de los más adultos y entusiastas del alumnado que acaba de comenzar el primer curso en la ENA el pasado 5 de enero. Se llama Xavier Ricard, tiene 42 años, ha trabajado en varias ONG hasta dirigir una de ellas y, finalmente, ha dado un giro a su vida para convertirse en funcionario. Superar las pruebas exige una media de dos años de estudio. Una vez admitido en la ENA, el plan de estudios consiste en hacer estancias de prácticas en instituciones francesas, acudir a clase y superar las numerosas pruebas que hay en el camino. Los que mejores calificaciones obtengan al cabo de dos años serán los primeros en elegir destino. “Somos como caballos de carreras de lujo”, explica Ricard. “Nos cuidan mucho, pero tenemos que rendir en consonancia”.
La combinación es llamativa. El mismo que se sienta en el hemiciclo y toma la palabra (casi siempre en inglés) como si fuera un prócer de la patria malcome después un bocadillo sobre la moqueta de los pasillos del Parlamento repletos de estudiantes. El bocadillo y el refresco son gratis. Es lo que hay. En la clase, en la ENA, uno de los ejercicios consistirá en leer 50 folios y después elaborar un breve informe para el supuesto ministro de turno.
El lujo de la ENA no está en sus instalaciones ni en los servicios de catering que la institución aporte. Mats Goch, un alemán de 26 años tan alto, fuerte y rubio como se espera de un alemán, ha logrado entrar en la ENA y el diploma que obtendrá dentro de dos años le facilitará, cree, lograr un puesto fijo en la Administración de su país. Está feliz de haber conseguido una plaza para este curso. “El marco de este lugar es soberbio”, dice. “Doy clases de inglés con solo cuatro personas. ¡Un lujo!”.
Nathalie Loiseau es la directora de la Ècole Nationale d’Administration. Es diplomática, defiende el rol de la ENA –forma generalistas y no expertos– y vivió cinco años en Estados Unidos (trabajó en la Embajada de Francia en Washington DC). / Gorka Lejarcegi
El lujo reside en el nivel de inversión que realiza el Estado francés para formar a sus altos funcionarios. Todos deben poseer título universitario y añadir a sus estudios los dos años de preparación para las pruebas de acceso (derecho público, economía, cultura general, finanzas, política internacional y europea). Solo uno de cada diez aspirantes lo consigue. Una vez superadas, el Estado los considera funcionarios en prácticas, de modo que durante su estancia en la ENA disponen de un sueldo para afrontar los gastos de manutención. Los nuevos cobran 1.399 euros netos al mes. Los que ya son funcionarios (estudian aquí para alcanzar un mayor rango) perciben 2.144. A cambio, los alumnos se comprometen a trabajar para la Administración francesa un mínimo de diez años. Es una forma de recuperar la inversión. Los que se van al sector privado deberán reembolsar una parte.
En general, esa condena de ser funcionarios les parece a los enarcas un privilegio. “Es exactamente lo que quiero hacer”, explica Guillaume Poupeau, de 26 años, que acaba de entrar en la ENA. “Quiero tener una vida interesante”. Poupeau habla cinco idiomas. En su familia hay una cierta tradición de trabajar en el sector del lujo. Si alguien quiere hacerse rico, dice, mejor no ser enarca.
El Estado aporta a la ENA 28 millones de euros anuales. Difícil comparar cifras. Baste saber que el coste medio por alumno universitario en España ronda los 5.000 euros anuales, que es lo que gana un solo enarca nuevo en cuatro meses. Cada año coinciden solo 240 alumnos en la enseñanza básica, la hasta ahora descrita. La mitad está en el primer curso, y la otra mitad, en el segundo. Pero la ENA tiene al cabo del año otros 5.000 alumnos en otros cursos de formación permanente y actividades diversas, la mayoría de pago, y no son baratas. Los acuerdos suscritos con 120 países y las becas permiten el acceso a alumnos extranjeros. Todo ello eleva los ingresos totales de la institución a casi el doble.
Del presidente hacia abajo, los enarcas han dirigido los destinos de Francia
Esta escuela infunde un fuerte sentimiento de pertenencia. Este año celebra su 70º aniversario. Fue creada por Charles de Gaulle después de la II Guerra Mundial para reconstruir la Administración francesa, y la ENA difunde el orgullo de dedicarse a la función pública; un mensaje cargado de solemnidad histórica. Su misión: democratizar el acceso a la Administración y fomentar el meritoriaje frente al amiguismo del pasado. Basta echar un vistazo a los nombres de cada promoción para percatarse de ese sentimiento de formar parte de la historia: Francia Combatiente (la primera), Europa, Albert Camus, Stendhal, Jean Jaurés, Guernica (única con reminiscencias hispanas), Derechos Humanos, Averròes, Marie Curie… La elección la hacen los propios alumnos al iniciar el curso. El resultado suele difundirse en la prensa nacional.
Ese ejercicio en principio lúdico es una primera clase práctica. Los 120 alumnos de la promoción pasan tres días en un hotel en los Vosgos. Allí, además de esquiar o bailar por las noches, los estudiantes deben bautizar su propia promoción. Ello les obliga a acordar las reglas del juego, exponer sus argumentos en público y negociar. A la última promoción le tocó esa tarea el viernes 16 de enero, apenas una semana después de las matanzas de París en la revista satírica Charlie Hebdo y en un supermercado de comida judía. Los alumnos estaban tan impresionados que buscaron nombres adecuados a las circunstancias: Gandhi, Libertad de Expresión, Laicidad, Erasmus… “Yo propuse Clemenceau [ex primer ministro francés], pero enseguida me di cuenta de que era problemático para algunos, especialmente para los alemanes, pues él fue partidario de atacar a Alemania en la I Guerra Mundial”, explica Guillaume Poupeau. Ganó la propuesta de otro compañero, Rémi Bochard: George Orwell. Ahora, en la recepción de la ENA, y durante todo el año, el visitante será recibido por una frase del escritor británico: “Hablar de libertad no tiene sentido salvo que se hable de la libertad de decir a los demás lo que no quieren escuchar”.
Los de la promoción George Orwell están a punto de partir. Cada uno tiene ya un destino en una institución francesa o europea. Ricard hará sus primeras prácticas de cuatro meses en la Comisión Europea. ­Naïma Ramalingom, una simpática francesa de ultramar, estará en la Embajada francesa de Corea del Sur. Alicia Saoudi, que ya es funcionaria, se va a la de Holanda. Hay un lugar para cada uno y en todas esas instituciones les reciben con los brazos abiertos. Saben que van a contar con un nuevo funcionario bien preparado al que además no hay que pagar. Ya lo hace la ENA.
Entre práctica y práctica, las clases en pequeños grupos continúan. La que nos ha tocado en suerte ver es algo peculiar. Los cinco alumnos de la profesora Julie Breeze se sientan unos frente a otros y las cámaras recogen sus intervenciones. Breeze les ha dado documentación y ellos ahora deben representar a cinco países de la UE para discutir sobre políticas de inmigración. Hadrien Haddak habla por Reino Unido; Nicolas Paree representa a Alemania; Lucie Roesch, a Francia; Xavier Rousset, a Grecia, y Paul-François Schira, a Italia.
El edificio de la ENA es una antigua cárcel reformada. En la imagen, un patio interior. / Gorka Lejarcegi
El debate se desarrolla íntegramente en inglés y Julie Breeze está impresionada por la fluidez con la que los jóvenes se han expresado en un idioma que no es el suyo y con un gran despliegue de matices y habilidad en los razonamientos utilizados. Al margen de la ayuda técnica recibida con anterioridad, siempre hay un lugar para la improvisación. Utilizar la entonación debida, desplegar el gesto adecuado y rebatir un argumento no son detalles que uno pueda aprender en una tarde. Tampoco parece algo estudiado que los cinco rían abiertamente cuando Haddak (Reino Unido) propone pedir a la Comisión Europea un informe a falta de consenso entre ellos. Es la salida propia de los desacuerdos bruselenses.
Los profesores, salvo los de lenguas extranjeras y alguno más, no suelen ser ni fijos ni docentes profesionales. La ENA echa mano de políticos y funcionarios para explicar a los alumnos cómo funciona la Organización para la Seguridad y la Cooperación Europea (OSCE) o cuál es la encrucijada de la Unión Europea. La vista, siempre puesta en sus futuros cometidos profesionales. “No es lo mismo”, les explica el profesor Thomas Guibert a sus alumnos, “elaborar un informe para un portavoz que para un secretario de Estado que se reúne con sus homólogos. El primero tendrá menos margen de maniobra. Los informes también han de ser diferentes si están elaborados para un encuentro bilateral, donde hay más capacidad de debatir, o para uno multilateral, donde tu país probablemente va a tener la opción de hablar poco y una sola vez”.
Una diplomática llamada Nathalie Loiseau es la directora de la ENA. Su despacho, así como el anfiteatro, es una de las pocas estancias de esta escuela que responden a su fama de excelencia. Para ella es importante el hecho de que la ENA forme generalistas y no expertos. Loiseau vivió cinco años en Washington. Trabajaba en la Embajada francesa. Conoce bien la Administración americana y la de su propio país. “A la salida de la escuela”, explica, “los alumnos son capaces de trabajar en equipo y todos comparten el mismo lenguaje, lo que les hace más eficaces. En Estados Unidos, cada agencia, cada departamento tiene su propio sistema de reclutamiento y cuando tienen que trabajar juntos no se conocen. Para preparar un proyecto tardan seis meses. En Francia, siempre que haya voluntad política para sacarlo adelante, el método es más rápido y sencillo. El aparato funciona y es ágil”.
Los alumnos trabajan en equipo y comparten el mismo lenguaje, lo que les hace más eficaces”
El modelo es exportable y está abierto a otros países. España lo aprovecha poco. Una pena, según Marta Jiménez Blanco, de 48 años, tres hijos y funcionaria de Hacienda, la única española que ha habido en este lugar en siete años. Treinta en total desde 1970. Jiménez Blanco solo estará en Estrasburgo siete meses en un curso de reciclaje, en formación permanente, y alaba el hecho de que aquí se valoren más las habilidades que los conocimientos memorísticos.
El argelino Ahcène Gheroufella, de 32 años, es, sin embargo, de la promoción George Orwell y, como el alemán Goch, cree que sus estudios le servirán para promocionarse como funcionario (ya lo es) en su propio país. En Gheroufella hay además algo de espíritu fundacional. “Aquí intercambiamos ideas y experiencias”, explica solemne, como si estuviera deseoso de participar en la modernización de las estructuras administrativas de su país.
Esos aires de cambio fueron los que impregnaron de manera profunda algunas de las promociones más recordadas de enarcas. Hoy, en Francia, la más famosa de ellas es la promoción Voltaire, de 1978-1980. En 2008, Raoul Peck rodó para Capa Drama, Canal + y Arte una serie televisiva totalmente visionaria. Sobre un relato de ficción de jóvenes inconformistas, los nuevos enarcas de esa época se rebelaban contra los rígidos sistemas de la ENA y se proponían sacudir los vetustos cimientos de la Administración francesa. Muchos vieron en ese relato la sombra de la pareja política más famosa de Francia: el presidente François Hollande y la candidata a la presidencia y ahora ministra de Ecología (además de madre de sus hijos) Ségolène Royal. Los dos eran alumnos de la promoción Voltaire y de su mano ha llegado la primera Administración totalmente socialista desde la derrota de Mitterrand en 1995.
Los alumnos se esfuerzan duro para convertirse en funcionarios ultrapreparados. En la escuela, los estudiantes no solo son franceses: acuerdos suscritos con 120 países permiten el acceso a los extranjeros. / Gorka Lejarcegi
Los alumnos aseguran que apenas hay ­rivalidad entre ellos. Ciertamente, los mejor cualificados son los primeros en elegir destino, pero algunos afirman que previamente negocian entre ellos para evitar grandes frustraciones. Al fin y al cabo saben que a partir de ahora sus carreras profesionales van a discurrir en paralelo. El mejor ejemplo lo tienen en el propio presidente de la República. La lista de enarcas que trabajan en el Elíseo es amplia. A ellos hay que añadir los consejeros que ya se han marchado, como Aquilino Morelle, Sylvie Hubac o David ­Kessler.
Pero la promoción Voltaire es especial; casi mítica. Con Hollande y Royal estudiaron en la ENA el ex primer ministro de la derecha Dominique de Villepin, el exministro de Cultura Renaud Donnedieu de Vabres, el presidente del grupo AXA Henri de Castries y los ya citados Jean-Pierre Jouyet y Sylvie Hubac.
En el anfiteatro de la ENA pone fin a la jornada la charla de Philippe Leglise-Costa. No hay largos prolegómenos. Leglise se sienta solo en la mesa situada en el escenario, se presenta a sí mismo y empieza a hablar de la situación europea: la crisis, el terrorismo, Grecia… Un centenar de alumnos le escuchan. Es el secretario general de Asuntos ­Europeos y sherpa (negociador) del presidente de la República. En su dilatado currículo hay un dato revelador: también es enarca, de la promoción Voltaire para más señas. Ahora comparte sus conocimientos con las nuevas generaciones cerrando el círculo. Puede que la ENA no sea una escuela del poder, como tituló Peck su serie televisiva, pero se le parece mucho.

HACIA UN MUNDO JURIDICO Y FILOSOFICO TAMBIEN MULTIPOLAR


"Hay fuertes desafíos a la idea universalista de los derechos humanos"

Diálogos a fondo: Juan Pablo Scarfi, historiador. Fabián Bosoer


CLARIN, 1 DE MARZO DE 2015.


Rubén Digilio


Este historiador y politólogo argentino recibido en la UBA y doctorado en Cambridge trabaja sobre el derecho en la historia y la historia en el derecho. En su libro, “El imperio de la ley”, trata precisamente sobre la aventura político intelectual de un grupo de juristas americanos, del norte y del sur, que, hace un siglo, antes de la Primera Gran Guerra y en pleno ascenso de los EE.UU. como potencia imperial, se dieron a imaginar un mundo regido por normas que previnieran las guerras y promovieran la paz; normas basadas en la mutua aceptación antes que en la imposición de la fuerza. ¿Se equivocaron, fracasaron o simplemente anticiparon el mundo de nuestros días?
 
¿Cómo avanzar en la aplicación de un sistema jurídico internacional con tantas asimetrías, desigualdades y cuestionamientos, que ahora incluyen también cuestionamientos a sus propios fundamentos?
Hoy se ha vuelto cada vez más difícil articular un sistema jurídico de alcance universal por varias razones. La primera es que el multilateralismo y las ideas universalistas de justicia y derechos humanos han comenzado a verse como la mera extensión de la agenda internacional de los países más poderosos, Estados Unidos y Europa, sobre los países periféricos. Además, el escenario de la post-guerra fría sin un ‘hegemón’ ordenador produce formas diversas y superpuestas de conflicto y violencia que desbordan los marcos existentes de ordenamiento internacional de los estados. Desde los atentados a las Torres Gemelas hasta la masacre de Charlie Hebdo y expresiones como la del ISIS (Estado Islámico), tenemos una realidad que desafía el modo en que fue pensado y ordenado el mundo de la posguerra.
¿Esos cuestionamientos se asocian a amenazas a la civilización occidental?
Hay cuestionamientos que surgen del llamado “postcolonialismo”, una corriente que ha tenido un gran influjo en la política mundial y que sostiene que los valores legales universales que surgen de los impulsos de dominación imperial de los países dominantes son el producto de un clima de época. Los cuestionamientos desde afuera provienen desde la cultura y los valores asiáticos y también de grupos específicos dentro de la cultura musulmana que rechazan la idea de asumir como propios valores que atribuyen a la cultura occidental. Los primeros reclaman un entendimiento de los derechos humanos adaptado a los distintos modelos de desarrollo económico, político y cultural; los segundos guardan resentimiento contra la primacía de los valores y el legado occidentales, como en los tiempos de las Cruzadas y Guerras Santas.
La matanza de Charlie Hebdo provocó una gran polémica sobre la libertad de expresión, ¿qué implicancias tiene esto para la Declaración Universal de los Derechos Humanos?
La matanza de Charlie Hebdo mostró la encrucijada en la que se encuentra la tradición occidental de los derechos humanos. Quienes están dispuestos a matar por lo que consideran ofensas a sus sagradas creencias atentan contra este derecho que ampara a las comunidadesexcluidas de inmigrantes musulmanes que viven en condiciones marginales en Francia para hacer valer sus opiniones y reclamos. La reacción que provocó el asesinato de los dibujantes y periodistas indica, al mismo tiempo, que la reivindicación de esos derechos fundamentales sigue en pie en todas partes del mundo.
¿El tránsito hacia un mundo más multipolar y menos europeo-céntrico favorece o limita la posibilidad de una justicia internacional?
En principio un mundo multipolar debería favorecer el avance de una justicia internacional, es decir, la construcción de valores universales que no sean la mera traslación de las tradiciones de los países más poderosos al sistema internacional, sino que surjan de un auténtico pluralismo legal que incluya las distintas tradiciones jurídicas y la incorporación de todas ellas en un marco internacional legal común. Llegamos a un punto en el que vemos confrontar a quienes niegan la Declaración Universal de los Derechos Humanos asesinando, aniquilando o destruyendo sus conquistas y quienes llegaron a la conclusión de que estos valores se defienden bombardeando poblaciones o invadiendo países.
¿Cuál es el aporte latinoamericano -y argentino- a la construcción del sistema jurídico internacional contemporáneo, ayer y hoy?
Hay que recordar que hace un siglo, América Latina estuvo en la vanguardia reivindicando los ideales del derecho internacional, la no intervención, el multilateralismo, la autodeterminación de los pueblos y la condena de la conquista, frente a una Europa envuelta en la competencia imperial, la guerra y el intervencionismo militar. Luego, el apogeo de las perspectivas geopolíticas erosionó ese optimismo jurídico latinoamericano. Pero en materia de derechos humanos, tenemos ejemplos más recientes de jurisprudencia avanzada que se produjo en esta parte del mundo.

Copyright Clarín, 2015.

STEVEN LEVITSKY: “Gran parte del electorado anti-Alan y anti-Keiko están esperando a Gastón”

“Gran parte del electorado anti-Alan y anti-Keiko están esperando a Gastón”




ESTADOS UNIDOS DEBIERA INTEGRAR EDUCATIVAMENTE A LOS LATINOS

TRIBUNA

La reforma de la inmigración y la historia hispana en Estados Unidos

La reforma no es sino uno de los numerosos aspectos relacionados con la población de lengua española que Estados Unidos y sus ciudadanos deberán abordar en el futuro





En junio de 2013, el Senado de Estados Unidos aprobó, con votos de ambos partidos, revisar el sistema de inmigración. Durante muchos meses, la reforma no avanzó debido a obstáculos políticos y otros hechos que mantuvieron ocupado al Congreso. La decisión del presidente Barack Obama de impulsar una reforma parcial mediante decreto ha servido para desbloquear la situación, pero a costa de crear tensiones políticas aún mayores.
Tanto si al final se aprueba la reforma total de la inmigración como si no, será necesario hacer muchas más cosas para que Estados Unidos sea capaz de acoger --desde el punto de vista político, social y cultural-- a la población hispana y la consiguiente mayoría no blanca. En 2012, la Oficina del Censo estadounidense hizo la proyección de que la población blanca dejaría de ser mayoritaria en Estados Unidos en 2043. Aunque, en ciertos aspectos, tres décadas son mucho tiempo, puede decirse que el país está adaptándose todavía a los innumerables cambios que se produjeron como consecuencia del fin de la segregación racial de los afroamericanos, un proceso iniciado hace más de 50 años. Existen muchas diferencias entre la lucha por la libertad de los negros y la implantación de los hispanos en el paisaje político y cultural de Estados Unidos, pero también hay suficientes similitudes como para que sea provechoso comparar los dos movimientos.
Una de las conquistas más importantes del movimiento de los derechos civiles fue la integración de la historia afroamericana en los planes de estudio. En 1950, la historia de los negros en Estados Unidos se mencionaba de pasada, cuando se mencionaba, porque, en general, estaba totalmente ausente de las aulas, desde el jardín de infancia hasta la universidad. Hoy, en el siglo XXI, la mayoría de los observadores estaría de acuerdo en que forma parte mucho más importante de lo que se enseña a nuestros hijos. No fue un proceso rápido, y todavía tiene muchos defectos, pero la construcción de los programas de estudios actuales comenzó con las investigaciones académicas de numerosos especialistas como John Hope Franklin y C. Vann Woodward, en plena lucha por los derechos civiles y después.
Estamos seguros de que el lugar de la historia de los hispanos en los programas escolares va a ser uno de los temas más candentes para los educadores en los próximos 30 años. Sin llegar a ser invisible, es indudable que, en la mayor parte de Estados Unidos, la historia de los hispanos está mal integrada en los planes de estudios. La culpa no es de los profesores, porque la formación que reciben en la mayoría de las universidades incluye muy pocos elementos de esa historia. Las organizaciones profesionales y las universidades deben emplear más incentivos para que el profesorado de los departamentos de historia investigue y estudie la historia de los hispanos. A los profesionales de la historia, a veces, les pillan desprevenidos las nuevas necesidades de conocimientos de los ciudadanos, como muestra, por ejemplo, el hecho de que antes del 11-S hubiera tan pocos historiadores especializados en Oriente Próximo. Es posible que ese fuera un caso especialmente difícil de predecir, pero es fácil predecir que va a hacer falta más gente que investigue la historia de los hispanos.
Como ocurre con la reforma de la inmigración, el estudio de la historia y la cultura de los hispanos no es más que un aspecto de la transición a un país con mayoría de no blancos. Es crucial porque, a la hora de intentar forjar nuevos vínculos de convivencia, no hay nada tan importante como la empatía y la comprensión mutua. Los blancos y los hispanos no recuerdan el pasado de la misma forma. Esta “segregación de la memoria” --una expresión del historiador Paul Escott, utilizada aquí en otro contexto-- desemboca en malentendidos actuales, cuando los dos grupos interpretan de manera distinta la política y los acontecimientos actuales.
Los inmigrantes de habla hispana y sus hijos deben seguir aprendiendo inglés y estudiando lo que podríamos denominar la historia tradicional de Estados Unidos. Pero la mayoría blanca actual no solo debe aprobar la reforma de la inmigración, sino también garantizar que sus hijos, los que van a crecer en un mundo con más diversidad, tengan un conocimiento más rico de la historia de su país, que incluya las perspectivas de sus compatriotas de lengua española.

William D. Carrigan, catedrático de historia en Rowan University, en Nueva Jersey, y Clive Webb, catedrático de historia en la Universidad de Sussex, en Inglaterra, son coautores de Forgotten Dead: Mob Violence against Mexicans in the United States, 1948-1928 (Oxford University Press, 2013).
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia