Thursday, June 25, 2015

UNA FORMA DE ACERCAR A MOSCU CON BRUSELAS?

Una nueva estrategia europea para acercarse a Moscú

Un informe aboga por lograr un espacio de seguridad compartido



“La UE debe aprender a negociar con Rusia tal y como es, no como le gustaría que fuera”. Esta es una de las ideas centrales del informe Una Rusia más europea para una Europa más segura, elaborado por la Fundación Alternativas. El documento formula “propuestas para una nueva estrategia de la Unión Europea hacia Rusia” y será presentado este jueves en Madrid por sus autores, un grupo de 17 personas coordinado por el profesor Javier Morales.
El conflicto en Ucrania, origen del mayor deterioro en las relaciones entre Occidente y Rusia desde el fin de la Guerra Fría, es “un inaceptable foco de inestabilidad para la UE” y exige “renovar la estrategia europea hacia Rusia”, señala el documento. La nueva estrategia debe responder a “intereses y valores” de la UE y evitar que se repitan “los errores cometidos” por esta entidad en la crisis en Ucrania. La UE, opina, no supo anticipar las reacciones de Moscú a su política de vecindad y no tuvo en cuenta el resurgimiento internacional de Rusia ni las concepciones rusas de sus intereses de seguridad.
El documento aboga por “aceptar a Moscú como una gran potencia con la que es necesario trabajar para construir un espacio de seguridad compartido” y rechaza “la Guerra Fría basada en la contención”. Los desacuerdos “no deben bloquear la cooperación frente a las amenazas compartidas por los países occidentales y Rusia: por ejemplo, el terrorismo internacional o la inestabilidad en Oriente Medio”, sentencia.
El documento aplica la “resolución negociada del conflicto en Ucrania” sólo al este de ese país, mediante el pleno cumplimiento de los acuerdos de Minsk, el foro negociador formado por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania bajo los auspicios de la OSCE. A la península de Crimea, anexionada por Rusia en marzo de 2014, la da prácticamente por perdida. “La anexión de Crimea como república dentro de la Federación Rusa, ilegal desde el punto de vista del derecho internacional, parece sin embargo un hecho de difícil vuelta atrás”, afirma el informe. “Aunque la UE continúe sosteniendo la soberanía ucrania sobre este territorio, debe desvincular este contencioso del conflicto armado en las regiones del Donbás, para evitar bloqueos que impidan avanzar en una resolución negociada de este último problema, donde todavía es posible el acuerdo”, señala. El logro de acuerdos con Rusia “de forma pragmática” debería conducir “gradualmente” a “crear la confianza necesaria para un acercamiento en el ámbito de los valores”, que, de producirse, será a “largo plazo”, vaticina.Cuatro son los pilares de la estrategia propuesta: la solución negociada del conflicto en Ucrania; el diálogo paneuropeo y de seguridad global; el reforzamiento de la asociación económica y comercial, y más conocimiento entre las sociedades. En 26 páginas, el documento explora vías para evitar que Rusia se aleje de Europa en dirección a otros socios como China y los países BRICS y para mantener los vínculos entre una UE, internamente dividida en sus percepciones hacia Moscú, y una Rusia que “basa su política exterior en un concepto tradicional de la soberanía y el interés nacional” y que “considera principios como la democracia y los derechos humanos como una mera justificación para la injerencia de las grandes potencias en los asuntos internos de terceros países”.

En todo caso, “una Rusia aislada será menos dialogante y más agresiva, ya que optará por buscar socios alternativos en otros continentes —China o los demás BRICS— en lugar de restaurar sus relaciones con el resto de Europa”, argumenta el texto. La negación del “carácter europeo de Rusia” y de “su legitimidad para participar en las decisiones políticas que afectan a todo el continente” sólo consigue reforzar los argumentos del nacionalismo radical ruso llamado “euroasianismo” basados en la incompatibilidad entre su cultura y la occidental”, sostiene.
El informe se manifiesta a favor de una gradual abolición de las sanciones a medida que se progrese en la aplicación de los acuerdos de Minsk (para los que subraya que no hay alternativa). También considera que la escalada de sanciones perjudica a todos. España, afirma, pierde unos 330-360 millones de euros anuales debido a las contrasanciones rusas a los productos agroalimentarios.
Constatando el carácter “esencial” de Rusia para garantizar el suministro energético europeo (otras fuentes son “más caras”), el informe propone, no obstante, diversificar el abastecimiento para evitar que ninguno de los miembros de la UE “dependa excesivamente del gas ruso”. De ahí que apoye el proyecto de gasoducto Southern Gas Corridor, desde Azerbaiyán a la UE (evitando a Rusia) e incorporando a otros productores como Turkmenistán. El documento propone una política europea de vecindad más flexible y coordinada con Moscú, un diálogo institucional entre la UE y la Unión Económica Euroasiática así como entre la OTAN y la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva como medida para asentar la confianza.
La UE “carece de los medios y la legitimidad” para imponer una transformación del régimen político ruso, más allá de “apoyar a la sociedad civil” para que decida libremente el modelo de convivencia que desea. Los autores del informe subrayan los errores europeos y muestran gran delicadeza ante las susceptibilidades rusas, haciendo encaje de bolillos al establecer las relaciones causales entre los acontecimientos que llevaron a la crisis de Ucrania.
Desde el punto de vista del informe, la “implicación militar” de Rusia fue reactiva y un “último recurso” en respuesta a lo que ellos (los rusos) entendían como una amenaza a sus intereses vitales: el cambio político revolucionario surgido del Euromaidán, cuyos dirigentes consideraban a Rusia como el principal enemigo”. Los “grupos ultra nacionalistas minoritarios” tuvieron un “protagonismo inadmisible” en el Euromaidán, opina el documento, que se refiere al “derrocamiento inconstitucional” del presidente Yanukóvich, “aceptado y apoyado por EE UU y la UE”, pero no menciona la huida de Víctor Yanukóvich ni la responsabilidad de éste en la escalada de la violencia y la gestión de la crisis. En lo que se refiere a las responsabilidades de la UE y de Rusia, el documento opina, sin embargo, que éstas no son “equiparables”, pues la UE y Estados miembros apoyan a Ucrania “con medios diplomáticos, ayuda económica y material militar no letal, mientras el Kremlin “ha utilizado también la intervención militar directa y el suministro de armamento al bando prorruso”.

Tuesday, June 23, 2015

RETORNO AL OPTIMISMO POR UN EVENTUAL ACUERDO GRECIA-UE

Europa respira aliviada ante un inminente acuerdo con Grecia

Tsipras ofrece a los acreedores recortar el sistema de pensiones y concesiones fiscales. Merkel ve la propuesta como "una buena base"

 Bruselas DIARIO EL PAIS, MADRID23 JUN 2015


Cambio de tono en la negociación entre Grecia y sus acreedores. Atenas envió este lunes su propuesta definitiva a los socios europeos,con concesiones fiscales y en la reforma de pensiones. Europa reaccionó con las primeras señales de acuerdo político, que debe traducirse en un pacto definitivo a final de semana, y disiparon los riesgos de salida del euro. Optimismo, al fin, tras meses de tensión: Berlín, París y Bruselas aseguraron que la propuesta griega es “una buena base” para cerrar la crisis griega. Tanto la canciller Angela Merkel como el jefe de la Comisión, Jean-Claude Juncker, dieron prácticamente por hecho el acuerdo esta semana. Europa tiene previsto ofrecer a Atenas perspectivas más precisas de reestructuración de deuda: ni siquiera Merkel descarta ya esa opción.
La eurocumbre tuvo algún momento tenso pero en general fue como la seda, según las fuentes consultadas. Tanto, que al final Tsipras pidió un comunicado garantizando una prórroga del segundo rescate para acabar con las dudas sobre los bancos. Los líderes no quisieron llegar a tanto. “Merkel prefiere el típico approach alemán: primero hay que cerrar definitivamente el acuerdo; después ya habrá tiempo de hacer comunicados”, explicó un diplomático europeo.No hay aún fumata blanca, pero sí un humo grisáceo que tiende a clarear. Berlín, el Eurogrupo y las instituciones anteriormente conocidas como troika dieron ayer la bienvenida —con las inevitables reservas— a la nueva propuesta griega, que incluye aceptar las metas fiscales de los acreedores y un endurecimiento en la reforma de las pensiones. Ambas partes cedieron lo suyo. Atenas ofreció al fin concesiones, aunque su propuesta queda todavía lejos de lo que pedían los acreedores a principios de junio. Y los socios emitieron claras señales acerca del acuerdo político, que debería cristalizar mañana miércoles en la luz verde del Eurogrupo para que los jefes de Estado y de Gobierno refrenden a finales de semana el final de este largo capítulo de la crisis griega.

La fase más aguda de la crisis griega toca a su fin si nada se tuerce en las próximas horas
La canciller fue meridianamente clara al acabar la cumbre: “La propuesta de Grecia es una buena base”. Ese análisis, viniendo de quien viene, es una señal política de primera magnitud tras meses de tensión. Merkel, eso sí, apuntó que no todo está atado y bien atado: “Las instituciones deben trabajar ahora con intensidad para que el Eurogrupo pacte el miércoles. Esperamos resultados de cara a la cumbre europea del jueves”, añadió. Juncker dio por hecho un acuerdo “esta semana”.
Pero quizá la mayor sorpresa fue la disposición de Merkel a permitir una reestructuración de deuda: la canciller no descartó esa posibilidad —que se había convertido en una especie de anatema en varios países—, aunque explicó que no es el asunto “más urgente”. Alemania rechaza poner más dinero. Pero acepta que el acuerdo sobre un alivio de la deuda, firmado por del Eurogrupo a finales de 2012, se puede aplicar.
La fase más aguda de la crisis griega toca a su fin si nada se tuerce en las próximas horas. Antes de la cumbre, el Eurogrupo ya sorprendió con un formidable cambio de tono: tras la dureza pétrea de las últimas semanas, los ministros pasaron a celebrar la oferta helena como un “paso positivo”. A la espera de que la vieja troika y la delegación griega negocien los últimos flecos, las Bolsas jalearon esa reacción con fuertes subidas. La evolución de los mercados en las próximas horas es clave para evaluar la credibilidad europea.
La reacción de las Bolsas y sobre el terreno, en Grecia, marcará también el futuro inmediato del maltrecho sector financiero. Un acuerdo debería permitir al BCE mantener abiertas las líneas de financiación de emergencia para los bancos, que en los últimos días han sufrido con la fuga de depósitos y se han asomado a los controles de capital. Está por ver si esos controles se activan: eso solo sucederá si el dinero sigue evaporándose de las entidades financieras, algo que parece poco probable si el optimismo de los líderes se traduce en confianza por parte de los ahorradores.

Largo camino

A pesar de todo, queda un camino espinoso por delante. Si esa fuerte señal política se traduce en un pacto definitivo, Tsipras tendrá que venderlo en casa, en su Parlamento e incluso dentro de su propio Gobierno: el flanco izquierdo de Syriza y la derecha nacionalista con la que se ha aliado pueden poner peros y provocar una crisis política. Para tragar esa píldora, Tsipras espera como contrapartida la citada reestructuración de deuda; si Grecia activa en breve las medidas prioritarias, los socios podrían facilitar ese alivio de la deuda, aunque esa fase de la negociación no ha llegado aún y hay varios países poco partidarios de hace favores a Syriza.
Atenas y los acreedores llevaban cinco meses como el perro y el gato, desde la victoria electoral de Tsipras, el 25 de enero, con sus promesas de fin de la austeridad. El pulso ha llevado a sembrar dudas sobre un posible impago de Atenas al FMI (1.500 millones a fin de mes) y al BCE (7.200 millones en verano), aunque ese escenario se aleja ahora. A pesar de que los agoreros han proliferado en los últimos tiempos, está mucho más cerca una prórroga del actual rescate para evitar líos. Con un acuerdo, el BCE podría incluso abrir algo más la mano.
“Con Grecia nada es seguro al 100%, pero el final del túnel está un poco más cerca”, indicaron fuentes del Eurogrupo.

Monday, June 22, 2015

CHILE INTENTA REFORMULAR "LA DERECHA"

PENSAR LA DERECHA
Por Claudio Alvarado, Chile B., 22 de junio
Libertad. Probablemente esa fue la palabra más repetida el sábado recién pasado, en el seminario convocado por Andrés Allamand y Jaime Bellolio (quienes, independiente de lo que sigue, merecen un reconocimiento por intentar tender puentes entre política y academia). Ello se debe a que, para buena parte del público asistente —un variopinto centenar de personas que incluía algunos parlamentarios y al ex Presidente Piñera—, la oposición tendría sus ideas muy claras. Y dentro de esas ideas que “ya están” y que sólo faltaría “comunicar mejor”, la libertad fue, por supuesto, la más invocada.
Sin embargo, ese diagnóstico (divergente al que ofrecieron la mayoría de los académicos invitados a exponer) presenta al menos dos problemas.
El primero tiene que ver con lo equívoco del término, en especial al interior de las corrientes que miran con buenos ojos o derechamente se identifican con el liberalismo, en cualquiera de sus vertientes. No es en absoluto fortuito que los discursos políticos construidos en torno a la libertad añadan, acto seguido, la frase “bien entendida”. Digámoslo así: la libertad en Hayek no es igual que en Aron, ni en ambos supone o significa lo mismo que en Röpke. Más vale ser conscientes de ello, porque una acción política orientada, por ejemplo, desde Tocqueville, es bien distinta a una que se despliega a partir de Gary Becker y sus postulados.
En cualquier caso, hay una segunda dificultad tanto o más importante, que tiene que ver con la naturaleza propia de los fenómenos políticos: éstos no se agotan ni de cerca en un mero orden de libertades. La política dice relación con las cosas comunes, con aquello que nos afecta a todos y, por tanto, no parece posible dar cuenta de ella adecuadamente a partir de categorías que acentúan los deseos y aspiraciones del individuo. Todo indica, sin embargo, que a eso conduce la pretensión de articular la acción en la polis única o fundamentalmente en torno a “la libertad”.
Desde luego, nada de lo anterior es inocuo: las ideas tienen consecuencias, y no basta “tener calle” —cualquiera sea el significado de esto— para hacer política. Por ejemplo, no es casual que a la oposición le haya sido tan difícil advertir que (y por qué) resultan muy problemáticos los niveles de desigualdad de nuestro país. Tampoco son fortuitos los problemas que, salvo muy contadas excepciones, ella ha tenido a la hora de criticar (en serio) la concentración del poder económico, o al momento de reconocer ámbitos de la sociedad civil irreductibles al mercado. Detrás de todo ello subyacen ciertas ideas y comprensiones —las ideas de “la libertad”—, que son precisamente las que han predominado en la derecha de las últimas décadas.
Si la actual oposición quiere dejar de serlo y elaborar algo así como un proyecto político, si desea convocar a —y más importante que eso: trabajar junto con— sectores y grupos críticos de reduccionismos economicistas; si aspira, en fin, a repensar sus propuestas para el país, sus dirigentes al menos debieran tomar nota de este tipo de cuestiones.
Y es que, haciendo y diciendo lo mismo —la palabra es la principal arma del político—, nada ni nadie puede cambiar.

Friday, June 19, 2015

LA PRIMERA ENCICLICA DEL PAPA FRANCISCO

Francisco desconcierta a la derecha católica de Estados Unidos

La encíclica se suma a intervenciones pasadas sobre los homosexuales y la desigualdad

 Washington DIARIO EL PAIS, MADRID18 JUN 2015 

Francisco desconcierta en Estados Unidos. Algunos conservadores describen sus ideas como propias de un coetáneo del peronismo y la teología de la liberación. Otros restan valor a sus intervenciones porque no es un político, sostiene: al Papa lo que es del Papa y el Rey lo que es del Rey. Y otros instan a entenderle, más allá del ruido mediático que, dicen, lo retrata como el izquierdista que no es. La encíclica sobre la ecología amplía la brecha entre Jorge Mario Bergoglio y un sector de la derecha católica.
Primero fueron sus críticas al capitalismo sin freno y a las desigualdades crecientes. Después, sus palabras de comprensión hacia los homosexuales: “¿Quién soy yo para juzgarlos?" Y ahora, la primera encíclica, en la que el Papa señala a las grandes empresas y a los Gobiernos por el cambio climático, un documento que indirectamente descalifica las ambigüedades de buena parte de los líderes de la derecha estadounidense —también los católicos— sobre el calentamiento del planeta.

Debate superado en Europa

MANUEL PLANELLES, MADRID
El debate sobre la responsabilidad del ser humano en el cambio climático parece ya superado en Europa, donde hay —además de una Comisaría de Energía y Cambio Climático— un amplio consenso político sobre la responsabilidad del hombre en este fenómeno. Otro asunto es la forma de solucionar el problema, que hace que muchas organizaciones critiquen los pocos esfuerzos de la Unión Europea.
"En este año decisivo en la lucha contra el cambio climático, este gesto sin precedentes contribuirá a reforzar la movilización de la comunidad cristiana y más ampliamente del conjunto de ciudadanos que son sensibles a los mensajes del Papa", ha valorado el ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius.
Aunque Francisco ataca la inacción de los Gobiernos, y en especial de los países desarrollados, su declaración está en la línea del último pronunciamiento del G-7, donde se asumía que para frenar el calentamiento hace falta disminuir las emisiones. Esa declaración de Elmau fue impulsada por la representante más importante de los conservadores europeos: la canciller Angela Merkel. El escrito fue ratificado también por el presidente de EE UU, el demócrata Barack Obama.
Entre las pocas voces políticas que se alzaron este jueves en Europa contra la encíclica figura la del diputado del partido nacionalista-conservador Ley y Justicia de Polonia Andrzej Jaworski. Afirmó que su país debe seguir basando su sistema energético en el carbón a pesar del mensaje del Papa, más dirigido, a su juicio, a países más contaminantes, informa Efe.
Los encontronazos entre los católicos conservadores de EE UU y su jefe espiritual se han sucedido desde que el cónclave vaticano eligió al argentino Bergoglio en 2013. El último episodio tiene un significado especial por dos motivos.
Primero, por el enorme calado espiritual y teológico del documento. Y segundo —y en un ámbito más terrenal— porque la encícla publicada ayer coincide con los primeros compases de una campaña electoral con un nutrido grupo de candidatos republicanos que niega o pone en duda el consenso científico sobre las causas humanas del cambio climático.
Hay cinco católicos entre los aspirantes a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2016. Dos de ellos figuran entre los favoritos: Jeb Bush, convertido al catolicismo de adulto, y Marco Rubio, católico practicante, mormón en su infancia, y de nuevo católico pero asiduo durante años de una megaiglesia protestante. Rubio no se ha proununciado sobre la encíclica. Bush, hermano e hijo de presidente y rostro del ala pragmática del Partido Republicano, sí.
El miércoles, en Iowa, Bush matizó las críticas del día anterior al texto del Papa y pidió buscar soluciones para el cambio climático sin dañar la economía. “Espero que mi cura no me reprenda por decir esto, pero mis obispos o mis cardenales o mi papa no me dictan la política económica”, había dicho el martes en New Hampshire, donde hacía campaña.
En un país fundado en la separación de la iglesia y el estado, las palabras de Bush no suenan tan extrañas. Recuerdan a las que pronunció John F. Kennedy, el único presidente católico de EE UU, en un discurso durante la campaña electoral de 1960: “Creo en una América (…) en la que ningún cargo oficial requiere o acepta instrucciones del Papa sobre la política pública”.
Un argumento que se escucha en ámbito católicos conservadores es que, en materia económica, la competencia del Vaticano es cuestionable. El pontífice no es economista. ¿Por qué los políticos católicos deberían escuchar sus consejos?
El argumento se aplica al cambio climático: “Creo que nos iría mejor si dejáramos que los científicos se ocuparan de la ciencia”, dijo el aspirante presidencial Rick Santorum, también católico. Otro argumento, un punto condescendiente: hay que relativizar los argumentos del Bergoglio y entenderlos en el contexto de Argentina y de la América Latina populista e ideologizada en la que creció.
En Estados Unidos viven 51 millones de católicos adultos: es el grupo cristiano con más fieles. En las elecciones presidenciales de 2008 y 2012, los católicos estadounidenses votaron mayoritariamente al demócrata Barack Obama. Pero no puede hablarse de un bloque homogéneo. El voto de los católicos de origen europeo se inclina por los republicanos; el de los católicos hispanos, por los demócratas.
La relación entre la derecha católica y el Vaticano ha oscilado entre la tensión y la proximidad. Algunas de las críticas que ahora recibe el Papa Francisco las recibió Juan XXIII cuando en 1961 escribió la encíclica Mater et Magistra, donde ya alertaba de las desigualdades sociales. El intelectual católico William Buckley, director de la revistaNational Review e ideólogo de la derecha, replicó: "Mater sí, magistra no". Madre sí, maestra no.
Juan Pablo II, considerado en círculos conservadores como el artífice, junto al presidente Ronald Reagan, de la derrota de la Unión Soviética, cautivó a los republicanos. Benedicto XVI, con su mensaje contra el relativismo, sedujo a intelectuales como George Weigel o Michael Novak, a los que algunos bautizaron como teocons. Francisco, con su mensaje benevolente y tolerante, chocó a la derecha y sedujo al presidente Obama, que lo ha citado en discursos sobre la desigualdad.
El pasado marzo, la National Review preguntó a Weigel "qué le diría a los amigos conservadores que están nerviosos, o decepcionados, o displicentes, o lívidos, o afligidos por el Papa". Weigel respondió sugiriendo a los conservadores que desconfíen de lo que los medios de comunciación dicen que dice el Papa. "Empezaría por lo siguiente", respondió. "'No os creéis lo que leéis en la prensa respecto a otros temas. ¿Por qué os lo créeis sobre el Papa?"

NATIONAL LITERATURE IS NOT ENOUGH IN ORDER TO EXPLAIN RUSSIA

Monkey Cage

You can’t understand how Russians think by reading Russian literature

by Charles King
The Washington Post, June 16.
James Stavridis, the distinguished retired four-star U.S. admiral and dean of Tufts University’s Fletcher School of Law and Diplomacy, recently made every Russian literature professor’s year. In a post over at foreignpolicy.com, Stavridis claimed that much of what you really need to know about Russian domestic politics and foreign policy could be gleaned from the country’s great works of literature. “Read Gogol, Dostoyevsky, Turgenev, Pushkin, Lermontov, Tolstoy, Solzhenitsyn, and Bulgakov,” he wrote. “That’s where you’ll really find how Russians think.” He then gave a run-down of the plot lines of works ranging from Nikolai Gogol’s novel “Dead Souls” (1835) to Gary Shteyngart’s “Absurdistan” (2006).
Everyone should read Russian literature, especially when a former NATO supreme allied commander Europe says doing so would improve international relations. All of us, policymakers included, would be smarter for it. But for most social scientists, Stavridis’s linking great works of fiction to political behavior looks dubious.
First of all, culture isn’t the same thing as high culture — the novels, poems and works of art that get wrapped into a distinct national canon. There is no particular reason to think that Dostoyevsky, for example, reveals something more essential about being Russian — or at least being Russian today — than, say, Russian-language hip-hop. Even then, it is hard to know which creative works are timeless expressions of cultural values and which ones are reflective of an important, but passing, moment in the life of a country.
If you want to know something vital about what it means to be American, are you better off reading Walt Whitman or David Ignatius (in his role as novelist, not pundit)? Ignatius is probably the better bet here, at least if you’re trying to discern how the Washington establishment sees global affairs. Whitman—“Do I contradict myself? / Very well then I contradict myself, / (I am large, I contain multitudes.)”— might tell us something about the United States, but precisely what is a matter of interpretation. Neither structure nor content is a very good guide. Gogol’s “Dead Souls,” for example, ends mid-sentence, a fact that Stavridis says signals Russians’ “inability to predict a coherent future.” But then again, James Joyce in “Finnegans Wake” and Thomas Pynchon in “Gravity’s Rainbow” used the same technique, but it would be hard to boil down either work to a set of uniquely Irish or American values.
Second, national literary canons get constructed in particular ways for particular reasons. They are not a natural outgrowth of a set of cultural values unique to a given language, region or way of life. They are shaped by global markets, ideologies of purity and nationalism, conceptions of what it means to be an educated individual and often simple accident. The canon also changes over time, and what’s left out of lists of great works of literature can be more telling than what’s put in. 
Consider another U.S. example. If you could read only three American authors to get at the essence of U.S. politics, would you choose Nathaniel Hawthorne, Henry James and William Faulkner? Or would it make more sense to go with Zora Neale Hurston, James Baldwin and Toni Morrison? Far beyond the plotlines of these writers’ work, the relevant fact in understanding something essential about American culture is that these writers are still often labeled “great African American writers” rather than as plain American ones. As a guide to a given society, the meta-facts about the canon can be more reliable than the canon itself.
Once you start trying to make writers into windows — turning artists into putative informants on the eternal soul of a nation — the project quickly crumbles. Consider Gogol again, one of the writers whom Stavridis singles out as a key exemplar of the Russian mind. Gogol was what we would now call a Ukrainian. He was born in a Cossack village in eastern Ukraine (then part of the Russian Empire) and began his career by writing short stories that pulled together his experiences of provincial life. Besides his wonderful novels about the absurdities of imperial bureaucracy, he was also the author of “Taras Bulba,” a romantic epic about a Cossack rebellion against Poland — and a work that today stands as a symbol for the way many Ukrainians feel about Russia. The same diverse threads run through the work of any writer. Is Gary Shteyngart, for example, a uniquely Russian émigré voice, or mainly a New York one?
Yet while Stavridis’ claims don’t quite hold up, he does raise an important set of questions about how the social sciences (and, for that matter, policymakers) relate to culture. Is culture even a thing, and if it is, how does it affect the way that individuals and countries act in the international system?
The origins of area studies — the deep examination of the history, culture, economics and politics of discrete world regions — lay in what might be called a Gestalt vision of society: the idea that to “get” a place and its inhabitants, you need to see them as a whole, to try to wrap your brain around the entirety of their collective life. In the United States, that view produced work in the academic and policy worlds that was both wacky and fortuitous.
During World War II, the U.S. Office of War Information launched a series of “national character studies” aimed at determining the essential features of German and Japanese culture. One of those later became “The Chrysanthemum and the Sword” (1946), anthropologist Ruth Benedict’s famous study of Japan. The book today reads much like Stavridis’s schema on Russia (although based more on anthropological research than literary classics), but Benedict’s work did bring some nuance to the U.S. postwar occupation of Japan. Among other things, it encouraged occupation forces to tread lightly when it came to fiddling with locally important institutions and symbols, such as the Japanese emperor.
For the Soviet Union, the counterpart to Benedict was the similarly titled “The Icon and the Axe” (1966), by James Billington (soon to retire as librarian of Congress). One key to the Soviet Union, Billington held, lay in the deep cultural traits of Orthodox Christian spirituality, with its dominant focus on the world-to-come rather than the world-right-now, and the transformative, axe-like power of the state, slashing and molding society according to its own ideological vision. Like Benedict’s work, Billington’s writing helped shape conceptions of Soviet society by arguing that its Russian core was multidimensional and not timelessly totalitarian. The schema was simplistic, but the basic message was more complex: that there are Russian cultures, in the plural, rather than a single, inalterable way of seeing the world.
It was in the study of the Middle East that many of these “culturalist” approaches found both their most ardent defenders and their deepest critics. Works such as Raphael Patai’s “The Arab Mind” (1973) sought to characterize the Arab world through a reading of child-rearing practices and kinship systems. Other scholars, such as Bernard Lewis, read essential features of Arab life from classics of medieval literature. Both were the target of the most wide-ranging and influential response to culture-based arguments — Edward Said’s monumental “Orientalism” (1978) — but this particular way of seeing the Middle East has nevertheless had a long tail. “The Arab Mind,” for example, reportedly informed the actions of prison guards at Abu Ghraib, under the theory that placing Arab men in sexually demeaning positions would be especially shameful and thus make them more likely to divulge useful intelligence.
The great problem with “culturalism” as a way of seeing the world isn’t that it’s wrong. In some ways, it isn’t even wrong. It is always possible to find American novels that stress individualism, British ones that illustrate the power of class, and Chinese ones that praise social stability. The trick is to know when we’re honestly peering into another society and when we’re just imagining our own through someone else’s lens.
American foreign policy commentators have long believed you could glean something essential from the cultural products of other countries for one simple reason: this is precisely how Americans like to see themselves. Frontier mentality? Read James Fenimore Cooper. Wry pragmatism? Read Mark Twain. Missionary zeal and commitment to a cause? Read Herman Melville. The danger is that “culturalism” becomes just another kind of mirror-imaging. We think we understand another place by getting in touch with its greatest writers. What we’re really doing is imagining a minimally altered version of us — you and me but with the vices and virtues tweaked.
Literature, like all art, tells us more about the human condition than it tells us about the national one. It probably tells us even less about the decisions of the small group of people who actually make foreign policy. As Stavridis writes, “the soaring polls that buoy the Russian president today contain a component of sympathy which stems from intense nationalism, Orthodox faith, an appreciation of the fickleness of the hand of fate, and the salving power of dark humor.” One could certainly glean those themes from Russian novels. But as good ethnography and smart survey work can reveal, real insights usually come from research that breaks down these stereotypes and tries to examine how people actually behave, not the way a national canon says they ought to.
Being culturally sensitive means trying humbly to get at a society’s values, norms, and self-understandings — not just via Twain or Tolstoy but also in how Russians keep their place in a queue when it looks like chaos to an outsider or why Americans view even disastrous foreign policy choices in the frame of their own best intentions. That takes real engagement, honest conversation, and a willingness to accept that the motivations of other cultures and societies are just as complicated, contradictory and changeable as our own. In short, if you really want to know what Russians or any other people think, look up from your novel and just ask them.
Charles King is chair of the department of government at Georgetown University and the author, most recently, of “Midnight at the Pera Palace: The Birth of Modern Istanbul.”