Monday, June 22, 2015

CHILE INTENTA REFORMULAR "LA DERECHA"

PENSAR LA DERECHA
Por Claudio Alvarado, Chile B., 22 de junio
Libertad. Probablemente esa fue la palabra más repetida el sábado recién pasado, en el seminario convocado por Andrés Allamand y Jaime Bellolio (quienes, independiente de lo que sigue, merecen un reconocimiento por intentar tender puentes entre política y academia). Ello se debe a que, para buena parte del público asistente —un variopinto centenar de personas que incluía algunos parlamentarios y al ex Presidente Piñera—, la oposición tendría sus ideas muy claras. Y dentro de esas ideas que “ya están” y que sólo faltaría “comunicar mejor”, la libertad fue, por supuesto, la más invocada.
Sin embargo, ese diagnóstico (divergente al que ofrecieron la mayoría de los académicos invitados a exponer) presenta al menos dos problemas.
El primero tiene que ver con lo equívoco del término, en especial al interior de las corrientes que miran con buenos ojos o derechamente se identifican con el liberalismo, en cualquiera de sus vertientes. No es en absoluto fortuito que los discursos políticos construidos en torno a la libertad añadan, acto seguido, la frase “bien entendida”. Digámoslo así: la libertad en Hayek no es igual que en Aron, ni en ambos supone o significa lo mismo que en Röpke. Más vale ser conscientes de ello, porque una acción política orientada, por ejemplo, desde Tocqueville, es bien distinta a una que se despliega a partir de Gary Becker y sus postulados.
En cualquier caso, hay una segunda dificultad tanto o más importante, que tiene que ver con la naturaleza propia de los fenómenos políticos: éstos no se agotan ni de cerca en un mero orden de libertades. La política dice relación con las cosas comunes, con aquello que nos afecta a todos y, por tanto, no parece posible dar cuenta de ella adecuadamente a partir de categorías que acentúan los deseos y aspiraciones del individuo. Todo indica, sin embargo, que a eso conduce la pretensión de articular la acción en la polis única o fundamentalmente en torno a “la libertad”.
Desde luego, nada de lo anterior es inocuo: las ideas tienen consecuencias, y no basta “tener calle” —cualquiera sea el significado de esto— para hacer política. Por ejemplo, no es casual que a la oposición le haya sido tan difícil advertir que (y por qué) resultan muy problemáticos los niveles de desigualdad de nuestro país. Tampoco son fortuitos los problemas que, salvo muy contadas excepciones, ella ha tenido a la hora de criticar (en serio) la concentración del poder económico, o al momento de reconocer ámbitos de la sociedad civil irreductibles al mercado. Detrás de todo ello subyacen ciertas ideas y comprensiones —las ideas de “la libertad”—, que son precisamente las que han predominado en la derecha de las últimas décadas.
Si la actual oposición quiere dejar de serlo y elaborar algo así como un proyecto político, si desea convocar a —y más importante que eso: trabajar junto con— sectores y grupos críticos de reduccionismos economicistas; si aspira, en fin, a repensar sus propuestas para el país, sus dirigentes al menos debieran tomar nota de este tipo de cuestiones.
Y es que, haciendo y diciendo lo mismo —la palabra es la principal arma del político—, nada ni nadie puede cambiar.

Friday, June 19, 2015

LA PRIMERA ENCICLICA DEL PAPA FRANCISCO

Francisco desconcierta a la derecha católica de Estados Unidos

La encíclica se suma a intervenciones pasadas sobre los homosexuales y la desigualdad

 Washington DIARIO EL PAIS, MADRID18 JUN 2015 

Francisco desconcierta en Estados Unidos. Algunos conservadores describen sus ideas como propias de un coetáneo del peronismo y la teología de la liberación. Otros restan valor a sus intervenciones porque no es un político, sostiene: al Papa lo que es del Papa y el Rey lo que es del Rey. Y otros instan a entenderle, más allá del ruido mediático que, dicen, lo retrata como el izquierdista que no es. La encíclica sobre la ecología amplía la brecha entre Jorge Mario Bergoglio y un sector de la derecha católica.
Primero fueron sus críticas al capitalismo sin freno y a las desigualdades crecientes. Después, sus palabras de comprensión hacia los homosexuales: “¿Quién soy yo para juzgarlos?" Y ahora, la primera encíclica, en la que el Papa señala a las grandes empresas y a los Gobiernos por el cambio climático, un documento que indirectamente descalifica las ambigüedades de buena parte de los líderes de la derecha estadounidense —también los católicos— sobre el calentamiento del planeta.

Debate superado en Europa

MANUEL PLANELLES, MADRID
El debate sobre la responsabilidad del ser humano en el cambio climático parece ya superado en Europa, donde hay —además de una Comisaría de Energía y Cambio Climático— un amplio consenso político sobre la responsabilidad del hombre en este fenómeno. Otro asunto es la forma de solucionar el problema, que hace que muchas organizaciones critiquen los pocos esfuerzos de la Unión Europea.
"En este año decisivo en la lucha contra el cambio climático, este gesto sin precedentes contribuirá a reforzar la movilización de la comunidad cristiana y más ampliamente del conjunto de ciudadanos que son sensibles a los mensajes del Papa", ha valorado el ministro francés de Exteriores, Laurent Fabius.
Aunque Francisco ataca la inacción de los Gobiernos, y en especial de los países desarrollados, su declaración está en la línea del último pronunciamiento del G-7, donde se asumía que para frenar el calentamiento hace falta disminuir las emisiones. Esa declaración de Elmau fue impulsada por la representante más importante de los conservadores europeos: la canciller Angela Merkel. El escrito fue ratificado también por el presidente de EE UU, el demócrata Barack Obama.
Entre las pocas voces políticas que se alzaron este jueves en Europa contra la encíclica figura la del diputado del partido nacionalista-conservador Ley y Justicia de Polonia Andrzej Jaworski. Afirmó que su país debe seguir basando su sistema energético en el carbón a pesar del mensaje del Papa, más dirigido, a su juicio, a países más contaminantes, informa Efe.
Los encontronazos entre los católicos conservadores de EE UU y su jefe espiritual se han sucedido desde que el cónclave vaticano eligió al argentino Bergoglio en 2013. El último episodio tiene un significado especial por dos motivos.
Primero, por el enorme calado espiritual y teológico del documento. Y segundo —y en un ámbito más terrenal— porque la encícla publicada ayer coincide con los primeros compases de una campaña electoral con un nutrido grupo de candidatos republicanos que niega o pone en duda el consenso científico sobre las causas humanas del cambio climático.
Hay cinco católicos entre los aspirantes a la nominación republicana para las elecciones presidenciales de 2016. Dos de ellos figuran entre los favoritos: Jeb Bush, convertido al catolicismo de adulto, y Marco Rubio, católico practicante, mormón en su infancia, y de nuevo católico pero asiduo durante años de una megaiglesia protestante. Rubio no se ha proununciado sobre la encíclica. Bush, hermano e hijo de presidente y rostro del ala pragmática del Partido Republicano, sí.
El miércoles, en Iowa, Bush matizó las críticas del día anterior al texto del Papa y pidió buscar soluciones para el cambio climático sin dañar la economía. “Espero que mi cura no me reprenda por decir esto, pero mis obispos o mis cardenales o mi papa no me dictan la política económica”, había dicho el martes en New Hampshire, donde hacía campaña.
En un país fundado en la separación de la iglesia y el estado, las palabras de Bush no suenan tan extrañas. Recuerdan a las que pronunció John F. Kennedy, el único presidente católico de EE UU, en un discurso durante la campaña electoral de 1960: “Creo en una América (…) en la que ningún cargo oficial requiere o acepta instrucciones del Papa sobre la política pública”.
Un argumento que se escucha en ámbito católicos conservadores es que, en materia económica, la competencia del Vaticano es cuestionable. El pontífice no es economista. ¿Por qué los políticos católicos deberían escuchar sus consejos?
El argumento se aplica al cambio climático: “Creo que nos iría mejor si dejáramos que los científicos se ocuparan de la ciencia”, dijo el aspirante presidencial Rick Santorum, también católico. Otro argumento, un punto condescendiente: hay que relativizar los argumentos del Bergoglio y entenderlos en el contexto de Argentina y de la América Latina populista e ideologizada en la que creció.
En Estados Unidos viven 51 millones de católicos adultos: es el grupo cristiano con más fieles. En las elecciones presidenciales de 2008 y 2012, los católicos estadounidenses votaron mayoritariamente al demócrata Barack Obama. Pero no puede hablarse de un bloque homogéneo. El voto de los católicos de origen europeo se inclina por los republicanos; el de los católicos hispanos, por los demócratas.
La relación entre la derecha católica y el Vaticano ha oscilado entre la tensión y la proximidad. Algunas de las críticas que ahora recibe el Papa Francisco las recibió Juan XXIII cuando en 1961 escribió la encíclica Mater et Magistra, donde ya alertaba de las desigualdades sociales. El intelectual católico William Buckley, director de la revistaNational Review e ideólogo de la derecha, replicó: "Mater sí, magistra no". Madre sí, maestra no.
Juan Pablo II, considerado en círculos conservadores como el artífice, junto al presidente Ronald Reagan, de la derrota de la Unión Soviética, cautivó a los republicanos. Benedicto XVI, con su mensaje contra el relativismo, sedujo a intelectuales como George Weigel o Michael Novak, a los que algunos bautizaron como teocons. Francisco, con su mensaje benevolente y tolerante, chocó a la derecha y sedujo al presidente Obama, que lo ha citado en discursos sobre la desigualdad.
El pasado marzo, la National Review preguntó a Weigel "qué le diría a los amigos conservadores que están nerviosos, o decepcionados, o displicentes, o lívidos, o afligidos por el Papa". Weigel respondió sugiriendo a los conservadores que desconfíen de lo que los medios de comunciación dicen que dice el Papa. "Empezaría por lo siguiente", respondió. "'No os creéis lo que leéis en la prensa respecto a otros temas. ¿Por qué os lo créeis sobre el Papa?"

NATIONAL LITERATURE IS NOT ENOUGH IN ORDER TO EXPLAIN RUSSIA

Monkey Cage

You can’t understand how Russians think by reading Russian literature

by Charles King
The Washington Post, June 16.
James Stavridis, the distinguished retired four-star U.S. admiral and dean of Tufts University’s Fletcher School of Law and Diplomacy, recently made every Russian literature professor’s year. In a post over at foreignpolicy.com, Stavridis claimed that much of what you really need to know about Russian domestic politics and foreign policy could be gleaned from the country’s great works of literature. “Read Gogol, Dostoyevsky, Turgenev, Pushkin, Lermontov, Tolstoy, Solzhenitsyn, and Bulgakov,” he wrote. “That’s where you’ll really find how Russians think.” He then gave a run-down of the plot lines of works ranging from Nikolai Gogol’s novel “Dead Souls” (1835) to Gary Shteyngart’s “Absurdistan” (2006).
Everyone should read Russian literature, especially when a former NATO supreme allied commander Europe says doing so would improve international relations. All of us, policymakers included, would be smarter for it. But for most social scientists, Stavridis’s linking great works of fiction to political behavior looks dubious.
First of all, culture isn’t the same thing as high culture — the novels, poems and works of art that get wrapped into a distinct national canon. There is no particular reason to think that Dostoyevsky, for example, reveals something more essential about being Russian — or at least being Russian today — than, say, Russian-language hip-hop. Even then, it is hard to know which creative works are timeless expressions of cultural values and which ones are reflective of an important, but passing, moment in the life of a country.
If you want to know something vital about what it means to be American, are you better off reading Walt Whitman or David Ignatius (in his role as novelist, not pundit)? Ignatius is probably the better bet here, at least if you’re trying to discern how the Washington establishment sees global affairs. Whitman—“Do I contradict myself? / Very well then I contradict myself, / (I am large, I contain multitudes.)”— might tell us something about the United States, but precisely what is a matter of interpretation. Neither structure nor content is a very good guide. Gogol’s “Dead Souls,” for example, ends mid-sentence, a fact that Stavridis says signals Russians’ “inability to predict a coherent future.” But then again, James Joyce in “Finnegans Wake” and Thomas Pynchon in “Gravity’s Rainbow” used the same technique, but it would be hard to boil down either work to a set of uniquely Irish or American values.
Second, national literary canons get constructed in particular ways for particular reasons. They are not a natural outgrowth of a set of cultural values unique to a given language, region or way of life. They are shaped by global markets, ideologies of purity and nationalism, conceptions of what it means to be an educated individual and often simple accident. The canon also changes over time, and what’s left out of lists of great works of literature can be more telling than what’s put in. 
Consider another U.S. example. If you could read only three American authors to get at the essence of U.S. politics, would you choose Nathaniel Hawthorne, Henry James and William Faulkner? Or would it make more sense to go with Zora Neale Hurston, James Baldwin and Toni Morrison? Far beyond the plotlines of these writers’ work, the relevant fact in understanding something essential about American culture is that these writers are still often labeled “great African American writers” rather than as plain American ones. As a guide to a given society, the meta-facts about the canon can be more reliable than the canon itself.
Once you start trying to make writers into windows — turning artists into putative informants on the eternal soul of a nation — the project quickly crumbles. Consider Gogol again, one of the writers whom Stavridis singles out as a key exemplar of the Russian mind. Gogol was what we would now call a Ukrainian. He was born in a Cossack village in eastern Ukraine (then part of the Russian Empire) and began his career by writing short stories that pulled together his experiences of provincial life. Besides his wonderful novels about the absurdities of imperial bureaucracy, he was also the author of “Taras Bulba,” a romantic epic about a Cossack rebellion against Poland — and a work that today stands as a symbol for the way many Ukrainians feel about Russia. The same diverse threads run through the work of any writer. Is Gary Shteyngart, for example, a uniquely Russian émigré voice, or mainly a New York one?
Yet while Stavridis’ claims don’t quite hold up, he does raise an important set of questions about how the social sciences (and, for that matter, policymakers) relate to culture. Is culture even a thing, and if it is, how does it affect the way that individuals and countries act in the international system?
The origins of area studies — the deep examination of the history, culture, economics and politics of discrete world regions — lay in what might be called a Gestalt vision of society: the idea that to “get” a place and its inhabitants, you need to see them as a whole, to try to wrap your brain around the entirety of their collective life. In the United States, that view produced work in the academic and policy worlds that was both wacky and fortuitous.
During World War II, the U.S. Office of War Information launched a series of “national character studies” aimed at determining the essential features of German and Japanese culture. One of those later became “The Chrysanthemum and the Sword” (1946), anthropologist Ruth Benedict’s famous study of Japan. The book today reads much like Stavridis’s schema on Russia (although based more on anthropological research than literary classics), but Benedict’s work did bring some nuance to the U.S. postwar occupation of Japan. Among other things, it encouraged occupation forces to tread lightly when it came to fiddling with locally important institutions and symbols, such as the Japanese emperor.
For the Soviet Union, the counterpart to Benedict was the similarly titled “The Icon and the Axe” (1966), by James Billington (soon to retire as librarian of Congress). One key to the Soviet Union, Billington held, lay in the deep cultural traits of Orthodox Christian spirituality, with its dominant focus on the world-to-come rather than the world-right-now, and the transformative, axe-like power of the state, slashing and molding society according to its own ideological vision. Like Benedict’s work, Billington’s writing helped shape conceptions of Soviet society by arguing that its Russian core was multidimensional and not timelessly totalitarian. The schema was simplistic, but the basic message was more complex: that there are Russian cultures, in the plural, rather than a single, inalterable way of seeing the world.
It was in the study of the Middle East that many of these “culturalist” approaches found both their most ardent defenders and their deepest critics. Works such as Raphael Patai’s “The Arab Mind” (1973) sought to characterize the Arab world through a reading of child-rearing practices and kinship systems. Other scholars, such as Bernard Lewis, read essential features of Arab life from classics of medieval literature. Both were the target of the most wide-ranging and influential response to culture-based arguments — Edward Said’s monumental “Orientalism” (1978) — but this particular way of seeing the Middle East has nevertheless had a long tail. “The Arab Mind,” for example, reportedly informed the actions of prison guards at Abu Ghraib, under the theory that placing Arab men in sexually demeaning positions would be especially shameful and thus make them more likely to divulge useful intelligence.
The great problem with “culturalism” as a way of seeing the world isn’t that it’s wrong. In some ways, it isn’t even wrong. It is always possible to find American novels that stress individualism, British ones that illustrate the power of class, and Chinese ones that praise social stability. The trick is to know when we’re honestly peering into another society and when we’re just imagining our own through someone else’s lens.
American foreign policy commentators have long believed you could glean something essential from the cultural products of other countries for one simple reason: this is precisely how Americans like to see themselves. Frontier mentality? Read James Fenimore Cooper. Wry pragmatism? Read Mark Twain. Missionary zeal and commitment to a cause? Read Herman Melville. The danger is that “culturalism” becomes just another kind of mirror-imaging. We think we understand another place by getting in touch with its greatest writers. What we’re really doing is imagining a minimally altered version of us — you and me but with the vices and virtues tweaked.
Literature, like all art, tells us more about the human condition than it tells us about the national one. It probably tells us even less about the decisions of the small group of people who actually make foreign policy. As Stavridis writes, “the soaring polls that buoy the Russian president today contain a component of sympathy which stems from intense nationalism, Orthodox faith, an appreciation of the fickleness of the hand of fate, and the salving power of dark humor.” One could certainly glean those themes from Russian novels. But as good ethnography and smart survey work can reveal, real insights usually come from research that breaks down these stereotypes and tries to examine how people actually behave, not the way a national canon says they ought to.
Being culturally sensitive means trying humbly to get at a society’s values, norms, and self-understandings — not just via Twain or Tolstoy but also in how Russians keep their place in a queue when it looks like chaos to an outsider or why Americans view even disastrous foreign policy choices in the frame of their own best intentions. That takes real engagement, honest conversation, and a willingness to accept that the motivations of other cultures and societies are just as complicated, contradictory and changeable as our own. In short, if you really want to know what Russians or any other people think, look up from your novel and just ask them.
Charles King is chair of the department of government at Georgetown University and the author, most recently, of “Midnight at the Pera Palace: The Birth of Modern Istanbul.”

AGAINST THE NEW MILITARIST PUTIN DISCOURSE

Don’t Overreact to Russia and its Forty “New” Intercontinental Ballistic Missiles

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Russian President Vladimir Putin’s announcement that Moscow plans to add more than 40 intercontinental ballistic missiles (ICBMs) to its nuclear arsenal is troubling. It raises perceptions of Russian threats in Europe at a time when post-Cold War East-West relations are at a historic low. The announcement is just the latest example of nuclear saber-rattling from the Kremlin over the past year—a trend that started during an uptick in fighting in Ukraine last August, when Putin warned that “Russia is not to be messed with. Let me remind you that Russia is one of the largest nuclear powers.” In September, Russia tested a new ICBM as the Kremlin talked about the need to maintain a nuclear deterrent. In March 2015, Putin reportedly claimed that nuclear forces were put on standby during the Crimean annexation campaign a year earlier. 
Richard Sokolsky is a senior associate in Carnegie’s Russia and Eurasia Program. His work focuses on U.S. policy toward Russia in the wake of the Ukraine crisis.
Richard Sokolsky
SENIOR ASSOCIATE
RUSSIA AND EURASIA PROGRAM

Loose talk about nuclear weapons heightens tensions, but the actual military threat these missiles pose should not be exaggerated. Putin’s pronouncements have been primarily for propaganda purposes and other Kremlin officials have tried to walk back some of this rhetoric, likely aware that it does not play well in the West and even in some corners of Russia itself. Extreme statements about nuclear weapons and conflict with the West have caused concern among elements of the Russian political and intellectual elite—some of whom warn that continually whipping up confrontation in Europe or the United States is a “dead end” for Russia.  
Even people close to Putin seem to worry about the consequences of his rhetoric. Reportedly within 40 minutes of Putin’s statement, his foreign policy advisor Yuri Ushakov stated that Russia has no intention of launching an arms race, underscoring that an arms race would weaken its economic capabilities.
This week’s rhetoric confirms to Western ears that Russia is an unpredictable actor. But, the Kremlin’s nuclear saber-rattling could easily be a sign of the Russian leadership’s lack of confidence in the country’s own conventional capabilities, particularly as the United States expands its high technology and precision strike capabilities. Russian military strategists have long feared that their conventional capabilities pale in comparison to NATO’s. Some are starting to worry about China’s too.
These ICBMs likely do not add any new nuclear capabilities to what Russia has right now. The country is already in the middle of an ICBM modernization program, as September’s ICBM test shows. It is unclear whether the announcement actually includes 40 new ICBMs or whether they are just part of the more than 50 ICBM deployments that Putin already announced for 2015 back in December. Furthermore, Russia already has a large force of tactical nuclear weapons that can reach most targets in the Baltic states and possibly elsewhere in Central Europe. The added military value of 40 ICBM warheads is marginal and it is unlikely they will give Moscow a capability it does not already have.
Putin claimed the missiles will be added to the arsenal this year, so it is conceivable that some, if not all of them, were probably already in production or pre-deployment before the announcement as part of Russia’s ongoing strategic force modernization program. 
Paul Stronski is a senior associate in Carnegie’s Russia and Eurasia Program, where his research focuses on the relationship between Russia and neighboring countries in Central Asia and the South Caucasus.
Paul Stronski
SENIOR ASSOCIATE, RUSSIA AND EURASIA PROGRAM

Concern in the Western media about these Russian plans provoking an arms race is misplaced. The United States is already in the middle of a robust and expensive program to modernize its strategic nuclear forces and its tactical nuclear weapons posture in Europe. Washington should therefore feel no compelling need to match these newly announced ICBMs because it is already upgrading its capabilities to meet current and future threats.   
There is also some doubt about Russia’s capacity to produce and pay for these new ICBMs. Russia previously co-produced ICBMs and many of their components with Ukraine. The Ukraine war is forcing the Russian military-industrial complex to become fully self-reliant. Many Russian officials tout this as a positive development. But even before the war, Deputy Prime Minister Dmitry Rogozin, who is responsible for military production, claimed that Russia’s defense factories and design bureaus were already "overworked" and "did not have time to do what the Defense Ministry orders."   
A prominent example of the problems the Russian defense industry faces is its next-generation Armata T-14 battle tank. In February, Russian Deputy Minister of Defense Yuri Borisov publicly stated that the government “miscalculated” on the Armata by failing to budget enough money to build the amount of tanks it required. They also seemed to skimp on quality. One of the new tanks reportedly broke downduring a dress rehearsal for this year’s May 9 Victory Day celebrations.  
Russia’s budget is severely stretched and it is unclear where it will get the money to build additional ICBMs, as the Armata example shows. The rise in defense spending is forcing the government to rein in spending elsewhere. The Russian government now struggles to balance military spending—key to the war in Ukraine and to projecting military power—with the need to keep up social spending on pensions, education, and other aspects of the social safety net that underwrite domestic stability as the economy contracts. A recent poll suggested that the Russian public prioritized social spending over the military by a wide majority; 67 percent wanted the government’s first spending priority to be raising living standards, while only 12 percent thought the first priority should be military modernization and rearmament.   
So, if these ICBMs might not actually be new and if Russia might not have the money to build them anyway, what was the purpose of the announcement?
The Kremlin was likely speaking to both international and domestic audiences. Russian officials earlier this week lashed out against U.S. plans to station battle tanks, infantry fighting vehicles, and other heavy weapons in Baltic and Central European countries that border Russia. That plan—still reportedly under development—is meant to assure NATO’s easternmost allies of the alliance’s commitment to their defense. Putin’s announcement was likely in response to this U.S. proposal. Its goal was to unnerve those very same allies.  
The announcement also could have been an attempt to stoke discord within NATO between allies (mainly in the east) who believe that improving NATO’s ability to defend the Baltic states is the best way to deter Russian aggression and those (mainly in the south and west) who fear provoking Russia even further by being too aggressive either with sanctions or military preparations. The announcement was also likely to be an attempt to achieve the Russian goal of breaking Western consensus on how to respond to Russian aggression in Ukraine and threats elsewhere.   
Domestically, Russia faces growing economic and social problems due to a combination of low oil prices, sanctions, and the Ukraine war. This announcement highlights alleged foreign threats to Russia—a tactic frequently used to divert attention from domestic problems. Furthermore, at least parts of the Kremlin see the military sector as a means to grow the economy, while defense workers have long been an important Putin constituency. Making pledges to the defense industry at an arms show outside of Moscow was possibly an attempt to shore up the country’s image as a producer of modern armaments—important both to maintain its market share in the global arms market and to reinforce perceptions of Russian strength to domestic audiences. It would be an easy political win, particularly if these weapons were already in development.   
Putin’s announcement is troubling mainly because of its political and psychological impact on NATO allies. But it is no cause for alarm and the United States and NATO should avoid an overreaction that will just play into Putin’s hands. 

Friday, June 12, 2015

CEFERINO REATO Y EL ORIGEN DEL RELATO K



Como siempre, desde 2013, en que lo conocí, aunque ahora mucho más mediatizado por sus apariciones diarias en "Intratables" -por lejos, el mejor programa político en Argentina, a pesar de su origen chimentero-, fue un lujo escucharlo anoche y esta mañana en la Fundación Libertad. Pausado, sesudo, meticuloso en su análisis, repasa el capítulo más negro de la historia política y económica argentina desde la restauración (o inauguración) democrática plena en 1983: la crisis del 2001. Dejando atrás sus exitosos libros sobre los trágicos años setenta, el politólogo entrerriano Ceferino Reato, estrena su obra nueva, referida a aquella crisis, pero para explicar el origen del propio kirchnerismo. Lo "contextualiza" como le gusta afirmar a la Decana platense, Florencia Saintout. 

Así, responsabiliza de manera llamativa, en mayor grado, al alfonsinismo y su líder, "Padre de la democracia", que al peronismo, en la caída de De la Rúa. Recuerda que "los peronistas le votaron todas las leyes de ajuste a la Alianza", pero algo se quebró, sobre todo, con el nombramiento de Cavallo al frente de Hacienda, entre Alfonsín y el ex alcalde de Buenos Aires. La elección parlamentaria de 2001, con un masivo voto nulo y en blanco,  atemorizó a Duhalde y Alfonsín, quienes tramaron la necesidad de la caída. Pero el contexto ya era favorable, en términos ideológicos y sociológicos. La coalición devaluacionista estaba preparada desde hacía tiempo; Estados Unidos, ahora bajo Bush (hijo) le había retirado su apoyo a los países endeudados con el FMI; una creciente ola reestatista avanzaba en el mundo pero sobre todo, en América Latina y los emergentes y, las necesidades coyunturales, internas del propio Duhalde, enfrascado en su lucha sin cuartel y venganza contra Menem así como la de Alfonsín, aferrado a salvar al radicalismo de la debacle general, se conjugaron para precipitar el fin del gobierno delarruista. La propia Iglesia Católica, con Bergoglio al frente, los gremios y los empresarios industriales, también apoyaban fuertemente la salida de la Convertibilidad, a pesar de la oposición de buena parte de la población a semejante salto al abismo, como lo afirmaba un interesante artículo del sociólogo de la UBA, Gerardo Adrogué en Clarín de aquellas jornadas aciagas.

El período Rodríguez Saá también es muy bien descrito por Reato, sobre todo, la interna palaciega en el propio peronismo, su heterogéneo e inexperto gabinete, excepto Grosso y Vernet y las deslealtades de De la Sota y el propio Duhalde, especialmente, cuando tomaron conciencia de la intención del excéntrico puntano de violar el compromiso de los sesenta días al frente de la Rosada. El gobierno cuasiparlamentario de Duhalde es rescatado por Reato, por sus méritos en enderezar el rumbo de un país a la deriva, aunque obviamente, el comienzo del boom de la soja, las retenciones y el apoyo de los gobernadores y del alfonsinismo, fueron decisivos para sostener al mismo. La posibilidad de ungir a Kirchner, uno de los ex "niños mimados" de Cavallo, junto con Ramón Puerta, sin prestar atención a su eventual deslealtad posterior, fue uno de los instrumentos con los cuales, Duhalde, le terminó propinando el golpe de gracia al menemismo. 

La construcción del poder por parte de Néstor y su alter ego, Cristina, tuvo una enorme relación con la causa DDHH, que les sirvió para legitimarse de manera innovadora, aún sin formar parte directa e integral de la historia de los setenta. En una frase contundente que revela el grado de pragmatismo del líder santacruceño, "la izquierda da fueros", puede resumirse este viraje interesante, apropiándose y catapultando al mismo poder, a las Madres de Plaza de Mayo, algo que no obstante, no era tan inédito, ya que tanto Menem con la ley sobre indemnización a los "liberadores" setentistas como Rodríguez Saá con su recepción a las líderes de la ONG en la Rosada, habían iniciado el proceso. Un verdadero "cerebro" del kirchnerismo, fue, sin dudas, Horacio Verbitsky, a quien Reato evalúa como un personaje "inteligente" pero también oportunista, En realidad, todo el kirchnerismo ha explotado al máximo, las peores lacras de los argentinos, entre otras, el oportunismo o la ventaja en el corto plazo, sin importar demasiado los escrúpulos ni el largo plazo. Todo lo demás, es "relato" archiconocido.

Agrega Reato, su coincidencia con el enfoque de otro sociólogo, Manuel Mora y Araujo y sus tres tercios en los que se divide la sociedad argentina.

En efecto, pareciera que el kirchnerismo en realidad, es fuerte no sólo sobre el tercio más pobre, fuera del mercado laboral, con los subsidios y planes sociales que nuevamente, inauguró Duhalde, confundiendo empleo genuino con los mismos, sino sobre todo y paradójicamente, en las clases medias urbanas y empleadas en el Estado. El supuesto refortalecimiento estatal que se da con los Kirchner, también es ficticio, como ha quedado demostrado a lo largo de estos doce años. La misma utopía de vivir por encima de las posibilidades reales, con sueldos y un bienestar asegurado tras la "pesadilla" de los recortes de Cavallo y López Murphy, con aumentos nominales y una inflación que no se desboca más allá del 30 % anual, aunque se caractericen en un país normal, como fenomenales anomalías, aquí, suenan a fantasías realizables que el kirchnerismo hizo posible.

La otra gran anormalidad estructural que la Argentina heredó del Pacto de Olivos, fue la eliminación del colegio electoral y este monstruoso unitarismo fiscal y electoral, con la relevancia inédita del conurbano bonaerense, con lo cual, no extrañaría que las dos principales fórmulas presidenciales, sean íntegramente conformadas por líderes de Buenos Aires, tanto Capital como Provincia, sin el más mínimo reclamo del interior más rico ("la Pampa Gringa") que subsidia a aquella región.

Párrafo aparte tuvo Reato para con Scioli y Macri. Del primero, alabó su enorme pragmatismo (la famosa frase de "la lapicera y la billetera", como disciplinadoras), su ejecutivismo, de espaldas al Legislativo, al cual considera inútil y algunos de sus rasgos que conocen sus más íntimos (el malhumor, la obsesión por el trabajo, su profundo rechazo a Perfil pero su desvelo con Caras y Gente, etc.). Descartó de plano, la posibilidad de que Cristina logre sobrevivir con poder, durante la nueva era, dados los antecedentes del peronismo en tal sentido. 

De Macri, también rescató su pragmatismo aunque valorizó su mayor educación respecto al primero. La obra del Metrobus, llevándola a cabo aún con oposición inicial de los ecologistas como sus últimas reacciones ante el eventual acercamiento con Massa, fueron ponderadas por Reato. Como resulta obvio, analizó la figura de Durán Barba y reconoció su coincidencia, respecto a la relevancia de los liderazgos por encima de los programas, en América Latina. Asimismo, del alcalde de Buenos Aires, ponderó su buen trabajo con las comunidades o diásporas, por ejemplo, la judía y la armenia. 

Punto final para el Papa. Como católico y ex alumno jesuita, Reato, declaró no estar conforme con el excesivo papel del Papa en relación a Cristina, con su última entrevista que duró un par de horas, haberle dejado la iniciativa mediática de su repercusión y cierta influencia manifiesta en la política coyuntural argentina, por ejemplo, el respaldo a Carlés en la Corte Suprema de Justicia. No dudó en manifestar que el preferido del Papa, es Scioli.

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VIDEO DE CEFERINO REATO CON ROBERTO GARCIA

REPORTAJE EN EL DIARIO LA NACION